Palace, 383
Confieso sentir debilidad por la gente que muere en un hotel, especialmente si se trata de escritores (Wilde en París) o personalidades novelescas (Carradine en Bangkok). Esas habitaciones transitorias parecen metonimias del viaje que es la vida, “una mala noche en una mala posada” según nuestra santa más “inquieta y andariega”. Julio Camba (1884-1962) desdramatizó mucho el asunto con sus últimas palabras:
- La vida es buena, pero se acaba.
Agonizó en una clínica madrileña, pero su ocaso lento, progresivo, fue tomando cuerpo en la habitación 383 del Hotel Palace. Allí se alojó durante trece años, los mismos que tenía cuando abandonó su Pontevedra natal rumbo a Buenos Aires, iniciando así una eximia trayectoria como cronista trotamundos. Estambul, París, Londres, Berlín, Nueva York… para acabar siendo “el solitario del Palace”, en descarnada opinión de González-Ruano. Más halagüeño se mostró Unamuno al designarle “filósofo celta”, y nada menos que Ortega llegó a declarar: “Camba es el logos, la más pura y elegante inteligencia de España”.
En un delicioso libro de 1920, él se autodenominó “rana viajera”.
Prólogo. Mi nombre de charca
Un día el director de un periódico donde yo trabajaba me metió algunos billetes en el bolsillo y me mandó a París. Mis artículos de entonces, como los que más tarde escribí desde otras capitales, tenían la pretensión de estudiar experimentalmente el carácter nacional; pero el único sujeto de experimentación que había en ellos era yo mismo. Yo estoy en mis colecciones de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol. El lector puede verme girar los ojos y estirar o encoger las patas a cada momento. Lo que parecen críticas o comentarios no son más que reacciones contra el ambiente extraño y hostil. Yo he ido a París, y a Londres, y a Berlín, y a Nueva York con una ingenuidad y una buena fe de verdadero batracio. Y si lo que quería mi director era observar el efecto directo de la civilización europea sobre un español de nuestros días, ahí tiene el resultado: una serie constante de movimientos absurdos y de actitudes grotescas.
Ahora el poeta vuelve a su tierra, es decir, la rana torna a la charca. Pero, y sin que haya llegado a criar pelo, ya no es la misma rana de antes. Con un poco de imaginación nos la podríamos representar menos ingenua y algo más instruida -que no en balde se ha pasado tanto tiempo en los laboratorios-, muy tiesa sobre sus zancas y hasta provista de gafas. ¿Qué efecto le producirán las otras ranas a esta rana que está transformada de tal modo? ¿Cómo encontrará su charca la rana viajera, después de una ausencia de tantos años?
Mientras he estado en el extranjero, yo he tenido un punto de referencia para juzgar los hombres y las cosas: España. Pero esto era únicamente porque yo soy español y no porque España me parezca la medida ideal de todos los valores. Ahora, y para hablar de España, me falta este punto de referencia. Forzosamente haré comparaciones con otros países.
Y no sólo resultará que España no puede ser un modelo para las otras gentes, sino que no sirve apenas para los mismos españoles. La rana encontrará su charca muy poco confortable.
(…)
Las casas
(…)
¡Las casas de Madrid! Hace tiempo que yo me lancé a buscar una, y no recuerdo haber experimentado jamás mayores vejaciones.
- ¿Hay calefacción?- le pregunté a la portera de un inmueble donde se alquilaba un cuarto piso.
Esta hipótesis pareció ofender gravemente la dignidad de aquella mujer.
- No, señor -me contestó con orgullo-. Aquí estamos a la antigua española…
Y, cuando yo llegaba ya a la esquina, después de haberme despedido, la portera me hizo volver sobre mis pasos.
- ¿Qué ocurre? -exclamé.
- Que ni calefacción ni tampoco cuarto de baño -me respondió.
Dicho lo cual, la buena señora me dejó plantado. En su cara se leía esa satisfacción que produce siempre el hecho de darle una lección a alguna persona impertinente.
Entonces me dediqué a explorar los barrios extremos, donde hay edificaciones modernas. Tan modernas son estas edificaciones, que la madera de que están construidas, todavía verde, se dilata con voluptuosidad a los primeros efluvios de la primavera. Bajo el barniz de muñeca se siente circular la savia, y uno -hombre urbano y prosaico- teme que las puertas se le cubran de follaje y que los pájaros vengan a hacer sus nidos en el pasillo. Todas estas casas tienen ascensor, y todos estos ascensores tienen un letrero que dice: “No funciona”. En una, sin embargo, el ascensor carecía de letrero, lo que me hizo pensar muy mal del servicio.
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Los políticos
Galicia es una tierra de sardinas y de políticos.
Las sardinas nacen unas de otras, y los políticos, también. Para ser un político gallego, lo primero que se necesita es ser pariente de otro político gallego. El hijo de un gran político gallego tiene, desde su nacimiento, categoría de ministro; el sobrino tiene categoría de subsecretario o de director general, y así sucesivamente. Y cuando uno no es hijo ni sobrino de ningún político gallego -cosa rara, dada la portentosa facultad de reproducción que caracteriza a esta especie-, entonces tiene uno que hacerle el amor a una de sus hijas o a una de sus sobrinas. Huelga advertir que a los que emparentan por este procedimiento con los prohombres de la política se les llama parientes políticos.
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La gracia gallega
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Indudablemente, los gallegos no tenemos público. Frecuentemente, cuando uno dice que es gallego, nota en el auditorio un deseo así como de contestarle:
- ¡Hombre, no! Eso será una aprensión de usted…
Conmigo nadie ha llegado a este extremo; pero a veces me han dicho:
- ¿Gallego? Pues nadie lo creería. No se le nota a usted nada, ¿verdad? (Dirigiéndose a los circunstantes.)
Los circunstantes, entonces, con una gran finura, han confirmado que, en efecto, no se me notaba nada el que yo fuese gallego.
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La raza
La última vez que yo estuve en Galicia, Galicia era una de las más hermosas regiones españolas. Ahora ha ascendido a la categoría de nación.
- Le somos una nación, ¿sabe usted? -me explica alguien-. Le tenemos una personalidad nacional tan fuerte como la primera…
-¿Por qué no? -le contesto.
Y, en efecto, ¿por qué no? Una nación se hace lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el mismo Getafe, a dos pasos de Madrid. Me voy allí y observo si hay más hombres rubios que hombres morenos o si hay más hombres morenos que hombres rubios, y si en la mayoría, rubia o morena, predominan los braquicéfalos sobre los dolicocéfalos, o al contrario. Es indudable que algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe, y este tipo sería el fundamento de la futura nacionalidad. Luego recojo los modismos locales y constituyo un idioma. Al cabo de unos cuantos años, yo habría terminado mi tarea y me habría ganado una fortuna. Y si alguien osaba decirme entonces que Getafe no era una nación, yo le preguntaba qué es lo que él entendía por tal, y como no podría definirme el concepto de nación, lo habría reducido al silencio.
El nacionalista a quien he aludido antes tiene de las naciones una idea mucho más respetuosa que la mía.
- Pero usted mismo -me dice-, usted es un celta.
- No -le respondo-. Yo no soy un celta. Acaso lo haya sido alguna vez, pero en una época tan remota, que no conservo de ello ni el más vago recuerdo. Si yo fui celta, este fausto suceso me aconteció mucho antes del Imperio romano, y, desde entonces acá, ¡han pasado tantas cosas! Es posible que, en el transcurso de los siglos, yo haya sido también godo, fenicio y moro. Los irlandeses se las echan a su vez de celtas, y, sin embargo, yo me siento mucho más afín a un madrileño que a un irlandés. No -continúo-. Yo no soy celta. Soy, sencillamente, un hombre nervioso y, en vez de unirme a un celta sanguíneo, prefiero hacerlo a un ibero de mi mismo temperamento. ¿Por qué no han de asociarse los hombres por temperamento en vez de hacerlo por razas o por religiones? Ello sería, indudablemente, mucho más científico, y yo no desespero aún de ver cómo algún día se declara una gran guerra intercontinental de biliosos contra linfáticos. Los biliosos, naturalmente, serán quienes rompan las hostilidades.
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El hombre que se vendió brea a sí mismo
Cuando un hombre, en Bilbao, dice que necesita vagonetas, esto no significa necesariamente que ese hombre necesite vagonetas. A lo sumo, las vagonetas las necesita un amigo de un amigo de un amigo suyo. Y cuando otro hombre, en el mismo Bilbao, le ofrece vagonetas a la gente, esto tampoco implica el que ese hombre tenga muchas vagonetas en su poder, sino que conoce a un señor, el cual, por medio de otro señor, sabe de un tercer señor que quiere vender vagonetas. Y así ocurre el que unos hombres que no necesitan vagonetas absolutamente para nada se pasen la vida comprándoles vagonetas a otros hombres que no las tienen. Y quien habla de vagonetas, habla de traviesas. Y quien habla de traviesas, habla de clavos. Y quien habla de clavos, habla de brea. Y quien habla de brea, habla de barcos. Y así sucesivamente.
Yo tengo en Bilbao un amigo que se compró a sí mismo trescientas toneladas de brea. No se trata de un bilbaíno, sino de un madrileño. A poco de llegar al café del bulevar, este chico dijo que necesitaba brea. En Maxim’s hubiese pedido whisky; pero en el café del bulevar se le desarrollaron apetitos de más importancia. Quería brea, muchas toneladas de brea, y, cuanto antes, mejor. Pasaron días, y los deseos de mi amigo fueron satisfechos. Mi amigo tuvo brea en gran abundancia; pero como, en realidad, él no necesitaba la brea para nada, al verse lleno de ella se puso a ofrecerla.
- ¿Quién quiere brea? -dijo-. Yo puedo venderla en excelentes condiciones.
- ¿Vende usted brea? -le preguntó un señor-. Pues yo le compro a usted trescientas toneladas.
Convinieron el precio y firmaron un documento. Pero el comprador no compraba por su cuenta, sino por cuenta de un señor a quien, quince días antes, le había oído decir que quería brea. Y este señor resultó ser precisamente mi amigo, el cual siendo vendedor de sí propio no pudo robarse gran cosa y sólo perdió la comisión.
(…)
Julio Camba
La rana viajera, Alhena Media, Barcelona, 2008, pp. 11-110
Queremos tanto a Jules
A Borges, caballero de biselada sintaxis, se lo imagina uno con traje, dictando desde su ceguera homérica, para la posteridad, el cincelable exordio de Funes el Memorioso: “Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera”.
Eso explica, en parte, que le admiremos.
A Cortázar le ofrecimos una corbata de funcionario, pero sus manos huesudas la rechazaron para seguir tecleando otro relato quizá risueño, quizá perturbador… pero juguetón en todo caso.
Eso explica, en parte, que le llamemos “Jules”.
Nos consta que en su casa parisina había un tablero atravesado por recortes de noticias insólitas; y que Sabio con agujero en la memoria, travesura perpetrada con un estilo telegráfico, de fabulosa agencia de noticias, podría haber adornado ese tablero si París, en lugar de ser París, hubiese sido un trazo de Rayuela.
Nos consta que la historia del jazz, sin El perseguidor, andaría coja (si piensa usted que lo narrado allí es ficción, please think twice).
Nos consta que se puede ser un excelente reportero sin haber disfrutado antes Los autonautas de la cosmopista, pero se recomienda su lectura cual cinturón de seguridad.
Lo que no nos constaba, la verdad, es que fuéramos tantos los que queríamos a Glenda.
Post-scriptum.- El próximo día 27, como agua de mayo, llega a las librerías españolas Papeles inesperados, 485 páginas póstumas que incluyen relatos, historias de cronopios, artículos, poemas… y textículos varios.
Post-ps.- “El estilo no parece cuidado, pero cada palabra ha sido elegida. Nadie puede contar el argumento de un texto de Cortázar; cada texto consta de determinadas palabras en un determinado orden. Si tratamos de resumirlo, verificamos que algo precioso se ha perdido”. (Jorge Luis Borges)
Sabio con agujero en la memoria
Sabio eminente, historia romana en veintitrés tomos, candidato seguro Premio Nobel, gran entusiasmo en su país. Súbita consternación: rata de biblioteca a full-time lanza grosero panfleto denunciando omisión Caracalla. Relativamente poco importante, de todas maneras omisión. Admiradores estupefactos consultan Pax Romana qué artista pierde el mundo Varo devuélveme mis legiones hombre de todas las mujeres y mujer de todos los hombres (cuídate de los Idus de marzo) el dinero no tiene olor con este signo vencerás. Ausencia incontrovertible de Caracalla, consternación, teléfono desconectado, sabio no puede atender al rey Gustavo de Suecia pero ese rey ni piensa en llamarlo, más bien otro que disca y disca vanamente el número maldiciendo en una lengua muerta.
Julio Cortázar
Historias de cronopios y de famas, Punto de Lectura, Madrid, 2007, p. 91
El perseguidor
(…)
Con estas noticias y un coñac en el café de la esquina, nos hemos instalado en la sala de audiciones para escuchar Amorous y Streptomicyne. Art ha pedido que apagaran las luces y se ha acostado en el suelo para escuchar mejor. Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su música por la cara, ha entrado ahí aunque esté en su hotel y metido en la cama, y nos ha barrido con su música durante un cuarto de hora. Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frase, y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación, llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz. El artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba, tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música, más que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras más lo persigue. Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo convergía a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biografía (por cierto que la edición en inglés acaba de aparecer y se vende como la coca-cola). Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado. Nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny, pero es así, está ahí, en Amorous, en la marihuana, en sus absurdos discursos sobre tanta cosa, en las recaídas, en el librito de Dylan Thomas, en todo lo pobre diablo que es Johnny y que lo agranda y lo convierte en un absurdo viviente, en un cazador sin brazos y sin piernas, en una liebre que corre tras de un tigre que duerme.
(…)
Julio Cortázar
Los relatos, 3 (Pasajes), Alianza, Madrid, 2004, pp. 240-99
Donde por fin, y ya era tiempo, se habla de camiones que no han dejado de pasar desde el principio, y se indaga acerca de su no siempre clara razón de ser y de estar.
Hasta ahora habíamos sido siempre David contra Goliath: ¿Qué puede un Renault 5, o incluso un tremendo Porsche a la hora en que un camión con remolque lo precede, otro lo sigue a diez metros y le mete en el retrovisor su enorme cara de gigante amenazador, mientras un tercero lo pasa haciendo temblar el espacio y soltando horrendos bufidos? Es así que los usuarios de las autopistas no tardan en contraer un complejo poco estudiado por Freud, la camionofobia aguda, que sólo se cura comprándose un camión para entrar en el bando del enemigo (esto en psicoanálisis se llama transferencia) o tomando el tren.
Nosotros estuvimos siempre a medio camino, porque Fafner no será un “peso pesado” pero tampoco es un auto corriente; desde su volante se domina un paisaje más amplio y agradable que cuando se viaja con el culo cepillando el suelo como en los autos más modernos, y además el dragón tiene su pinta e inspira respeto a los más pequeños y a veces a los grandes, porque los camiones tienden a mirarlo como al hermanito bueno y no lo brutalizan como se divierten en hacerlo con las pulgas y las cucarachas que les llegan apenas a las rodillas. De todas maneras cuando empezamos la expedición teníamos nuestros usuales resquemores sobre los camiones, y los primeros días tendimos sobre todo a evitarlos en las rutas y en los paraderos. Ingenuo noviciado del que hemos salido para entrar en la gran familia internacional de los transportistas, que ahora estudiamos muy de cerca y con toda la atención y el cariño que merece.
Pero, claro, hay camiones y camiones, y somos sensibles a las diferencias cualitativas aunque no a las cuantitativas porque casi todos tienden a ser enormes. Bastan diez minutos en la autopista para descubrir la división capital: mientras algunos camiones exhiben abiertamente su especialidad y el nombre o la marca del responsable, agregando casi siempre su sede comercial, otros los guardan en secreto. Cada tantos camiones que transportan muebles, caballos, jugo de frutas, gasolina o turrones españoles, pasa uno envuelto en una tela encerada, casi siempre gris o verde oscuro, sin que sea posible adivinar la naturaleza de lo que encierra.
(…)
Julio Cortázar y Carol Dunlop
Los autonautas de la cosmopista (o Un viaje atemporal París-Marsella), Muchnik, Barcelona, 1983, pp. 195-97
Queremos tanto a Glenda
En aquel entonces era difícil saberlo. Uno va al cine o al teatro y vive su noche sin pensar en los que ya han cumplido la misma ceremonia, eligiendo el lugar y la hora, vistiéndose y telefoneando y fila once o cinco, la sombra y la música, la tierra de nadie y de todos allí donde todos son nadie, el hombre o la mujer en su butaca, acaso una palabra para excusarse por llegar tarde, un comentario a media voz que alguien recoge o ignora, casi siempre el silencio, las miradas vertiéndose en la escena o la pantalla, huyendo de lo contiguo, de lo de este lado. Realmente era difícil saber por encima de la publicidad, de las colas interminables, de los carteles y de las críticas, que éramos tantos los que queríamos a Glenda.
Llevó tres o cuatro años y sería aventurado afirmar que el núcleo se formó a partir de Irazusta o de Diana Rivero, ellos mismos ignoraban cómo en algún momento, en las copas con los amigos después del cine, se dijeron o se callaron cosas que bruscamente habrían de crear la alianza, lo que después todos llamamos el núcleo y los más jóvenes el club. De club no tenía nada, simplemente queríamos a Glenda Garson y eso bastaba para recortarnos de los que solamente la admiraban.
(Siga, siga leyendo…)
Julio Cortázar
Los relatos, 1 (Ritos), Alianza, Madrid, 2004, pp. 320-34
Vuelva usted “sans délai”
Este blog guadianesco permaneció mudo durante la celebración del bicentenario de Larra, en parte porque nos paraliza que los larristas oficiales sigan discutiendo sobre si Don Mariano José se voló la tapa de los sesos por su amadísima Dolores y/o por el dolor, en singular, que le causaba España. Déjense de velatorios, leñe, que esas doscientas velas fueron encendidas para iluminar el cumpleaños del abuelo. No hay mejor festejo que leerle o releerle, según los casos, de ahí que incluyamos aquí un artículo del cual se suele citar exclusivamente el título.
La prosa de Fígaro -pseudónimo polisémico, inmortal- nos permite intuir qué habría escrito Quevedo si hubiese ejercido el periodismo en la convulsa centuria del XIX. Siendo hoy el Día del Libro (y la madrileña Noche de los Ídem), conviene armarse de citas antes de salir a la calle: “Quevedo inicia en la literatura y en la vida españolas el estilo desafiante, la insolencia. No critica amparándose en la sombra secular del pueblo, como Lope, o en las viejas sabidurías populares, como Cervantes, sino a cuerpo limpio. O, mejor, a cuerpo vestido, adornado y perfumado con un descaro ofensivo. (…) La influencia, como se ve, no es sólo literaria, sino mucho más profunda. Tan profunda que ni siquiera es una influencia, sino una secreta continuidad de Guadiana perdida y encontrada en los meandros de nuestra cultura y nuestra raza” (Francisco Umbral en Larra: anatomía de un dandy, Visor, 1965, p. 17).
La disección umbraliana da comienzo con una desconsolada nota del pobrecito hablador: “Lo malo es lo cierto”. Como expone Carmen Iglesias en un reciente ensayo de contenido más positivo (y título deudor de Calderón), el tópico de la pereza “se ha seguido atribuyendo a la burocracia española y en general a todos los españoles por presuntos moralistas fustigadores, y siempre impacientes, de los que mantienen que estas cosas solo pasan en este país” (No siempre lo peor es cierto, Galaxia Gutenberg, 2009, p. 692).
No reproduzco el artículo entero con la vaga esperanza de que alguien consulte su biblioteca, lo localice… y se meriende unas cuantas piezas del gran afrancesado. Sans délai.
Vuelva usted mañana
Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano.
Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica; de estos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.
Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.
Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.
Un extranjero de estos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.
Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fue preciso explicarme más claro.
- Mirad -le dije-, monsieur Sans-délai -que así se llamaba-; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.
- Ciertamente -me contestó-. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquel me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues solo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran, de los quince, cinco días.
Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima, que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.
- Permitidme, monsieur Sans-délai -le dije entre socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.
- ¿Cómo?
- Dentro de quince meses estáis aquí todavía.
- ¿Os burláis?
- No por cierto.
- ¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!
- Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.
- ¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal [siempre] de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.
- Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.
- ¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.
- Todos os comunicarán su inercia.
Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.
Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual solo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido; encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos.
- Vuelva usted mañana -nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.
- Vuelva usted mañana -nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.
- Vuelva usted mañana -nos respondió al otro-, porque el amo está durmiendo la siesta.
- Vuelva usted mañana -nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.
- ¿Qué día, a qué hora se ve a un español?
Vímosle por fin, y “Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio”.
A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.
Es claro que, faltando este principio, no tuvieron lugar las reclamaciones.
Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.
No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero, a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.
Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!
- ¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? -le dije al llegar a estas pruebas.
- Me parece que son hombres singulares…
- Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.
Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.
A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.
- Vuelva usted mañana -nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy.
- Grande causa le habrá detenido -dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.
(…)
¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que, cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé: Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: ¡Eh, mañana le escribiré! Da gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero, ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!
El Pobrecito Hablador, 14 de enero de 1833
Mariano José de Larra
Artículos de costumbres, Espasa, Madrid, 1998, pp. 151-63
Mingoteo
Escribir es que le dejen a uno llorar y reír a solas.
Ramón Gómez de la Serna
(…)
Y cuando el otro poeta solicitaba de la inteligencia el nombre exacto de las cosas,
se pide ahora
el nombre conveniente de las cosas,
y un eslogan
que acarree entusiastas chundaratas
múltiples enarboladas emocionantes zafiedades
y algún asesinato
para que yo haga un chiste.
Para que yo haga chistes
mientras lloro.
Antonio Mingote
Mingote, como ningún otro
Erik Satie -un músico de las enormes minucias, de la sonoridad limpia y clara, un espeleólogo en clave de sol de lo pequeño- comenzó sus escritos autobiográficos con la siguiente declaración: Me llamo Erik Satie, como todo el mundo. Nosotros podemos decir: se llama Mingote, como ningún otro. Y también es, a su manera, un artista de la brevedad, de la concentración. Un virtuoso de lo mínimo desde hace casi sesenta años, los que esta muestra trata de antologar*.
La viñeta, siendo un género en sí misma, es un ámbito que interesa disciplinas muy diferentes, lo que la constituye en un género de géneros. Es dibujo, pero también caricatura. Utiliza el chiste y el ingenio, pero además se sirve de la opinión. Inmoviliza un instante, aunque con la fuerza de su retroceso alude a lo que no cambia en la naturaleza del hombre. Practica el cuadro sintético de costumbres, pero necesita del pensamiento. Es un mundo en pequeño, pero no por su tamaño deja de erigir una visión del mundo. Los chistes de Mingote, su universo sólo suyo, colocados uno detrás de otro, constituyen no sólo una mirada profunda sobre la Historia de España en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI, sino, lo que es más importante, una lección de intrahistoria, de todo aquello que no pueden ni saben transmitir los estudios historiográficos, y sólo está al alcance del arte de un tiempo concreto: cuál es el aire de una época, qué sucede en sus calles, a qué saben las mañanas de entonces y las de ahora, qué palpitaba en las esquinas de lo que ha desaparecido. Esa es la labor de los novelistas, de los pintores, de los columnistas literarios en los periódicos.
Reunión de talentos
De todas esas disciplinas participa modestamente la viñeta, y de todos esos talentos está constituido el trabajo de Mingote, que es sin duda el más literario de los dibujantes, y el más pintor de los escritores gráficos.
Aquí están representadas -en los chistes de ABC, en los trabajos para la ilustración del Quijote, en sus primeras páginas de La codorniz, en los testimonios de la revista Don José (que dirigió en los años cincuenta), en sus libros de recopilación de obra, en sus cuadernos de bocetos y apuntes- muchas de las distintas vetas de su humor. Entre lo mucho admirable, llaman también la atención esos cuadernos de trabajo, los bosquejos a vuela pluma del dibujante que deja la mano libre, a su antojo, sin la necesaria constricción de la viñeta, y que se entrega, digamos, a la celebración de su propio abandono.
Aparece el sustrato irracional, la pirueta del humor puro, que es la entraña de todo su quehacer restante, y que lo emparenta con la más alta y literaria tradición del humorismo español que desciende de Ramón Gómez de la Serna: con Tono, Jardiel, Mihura, Edgar Neville. Está presente su mirada crítica, civil, la del análisis de carácter ideológico y político, en el que siempre se ha mostrado como un divertido partidario del sentido común, en favor de los valores del hombre libre. No falta el Mingote social, el observador preocupado por los desfavorecidos, por los apartados, por los olvidados, el que defiende los presupuestos éticos radicales del Evangelio, frente a la habitual hipocresía de los bienpensantes y de los practicantes de tres al cuarto. Hay testimonios de su inspiración culturalista, de los guiños privados velazqueños, picasianos o cervantinos -Mingote es un artista de verdadera raíz cervantina, porque nunca, por más severo que pueda ser su examen de la realidad, deja de existir una compasión de fondo hacia el hombre que simbolizan sus personajes, de ahí que sus lectores, aunque podamos quedarnos de piedra, no salgamos jamás de su lectura con la risa helada, desencajada, sino como poco con una media sonrisa misericordiosa.
Fiel a su línea nítida
Aunque en sus inicios hubo un trazo más oscuro, de mayor mancha, de más raya en la ejecución, ha sido fiel a su dibujo de línea bien definida, a su aspiración a la nitidez. De ahí se sigue que sus héroes, por poca heroicidad que a veces les conceda, no sean nunca fantoches, máscaras, sino bien definidos esquemas de lo humano, porque sobre lo humano, en definitiva, es donde se deposita su atención: el hombre solo, el hombre perplejo y atónito, el hombre que necesita del humor como de una de sus más fieles armas con las que salvaguardarse contra las ofensas de la vida. Sus creaciones, sus criaturas del aire, de tal modo, ejemplifican una suerte de humanismo humorístico, y el lector se adhiere a él para afrontar con un poco más de sabiduría espiritual, aunque sólo sea durante el fogonazo en que dura la combustión de un chiste, el instante después de su aventura terrestre. De ahí que tantas y tantas veces la mejor forma de conseguirlo todo sea tratar de entregar mucho a través de lo poco.
Se trata, en definitiva, de un amplio -y a la vez breve- repaso por la labor inabarcable de una vida dedicada a cultivar la excelencia de lo pequeño, ese lugar en donde cabe abarcar la entera vida. Porque si bien la realidad suele carecer de contornos claros, de perfiles inamovibles, de un perfecto dibujo, a un sencillo dibujo perfecto le es dado muchas veces verter algo de luz sobre la realidad.
Carlos Marzal en ABCD, las artes y las letras, 24 de enero de 2009
* El Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) auspició una gran exposición antológica, comisariada por Leandro Navarro Ungría, de la obra de Mingote.
Inventario de clichés (una selección muy personal)
Ahí va una lista de los estereotipos lingüísticos que un servidor detesta con especial virulencia (no cito a nadie en particular, así que no se me ofendan…):
- “… ponga usted su granito de arena…”: ponga usted su propia metáfora, y quizá algún día me convencerá de algo.
- “… no se arrepiente de nada”: entonces es un ángel, un estúpido… o una estúpida, claro. Viva la paridad.
- “el ciudadano de a pie…”: hay ciudadanos que vuelan, por lo que se ve.
- “estar a la altura de las circunstancias”: las circunstancias también vuelan, por lo que se lee.
- “… brilla por su ausencia”: impresionante expresión. Se presenta y lo empaña casi todo.
- “soy un lector compulsivo desde mi más tierna infancia”: teniendo en cuenta que vas a dos clichés por frase, permíteme que lo dude. Te lo escribo con ternura. Sin compulsión.
- “hubo un antes y un después”: sin duda, hubo un antes y un después de esta ocurrencia.
- “… quiero decir alto y claro…”: fraseología bajuna, lanar, de claridad harto variable.
- “ser yo mismo, a”: fórmula alienante. Sólo las folclóricas, llegado el clímax de las entrevistas, saben emplearla con gracejo.
- “hasta en la sopa”: encontré esta joyita en un lugar insospechado, difícil de adivinar. Una pista: estaba cenando con Mafalda, y ella empuñó la cuchara como si se tratase de una catapulta.
- “sin trampa ni cartón”: prefiero que me hagas trampa. Si no reciclas el cartón, por cierto, te acabarán multando.
- “una experiencia de cine”: esta frase hecha es, por lo general, vulgar. Cuando además se refiere al arte que se encuentra entre el sexto y el octavo… enciende la luz y vámonos.
- “una auténtica pesadilla”, “una pertinaz sequía”, “unas merecidas vacaciones”: ¿por qué se forman siempre las mismas parejas de baile? Parafraseemos a Batty, volviendo al séptimo arte: yo he visto adjetivos que vosotros no creeríais…
- “correr un tupido velo”: pues eso. Corrámoslo cuanto antes.
CODA.- “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo” (Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico Philosophicus, 5.6.). La versión original resulta más precisa (pedanteemos, que mañana moriremos, probablemente sin haber comprendido bien a Rilke…): “Die Grenzen meiner Sprache bedeuten die Grenzen meiner Welt”.
Caligulitis galopante
Ignoro cuántos caballos tendrán los carruajes que transportan al presidente de la Xunta de Galicia, pero sí sé lo siguiente: 1) esos caballos se alimentan de forraje público; 2) semejante parque móvil ha llegado a xuntar cuatro vehículos, lo cual es todo un ejercicio de pluralidad; 3) no ha habido un dispendio aislado, sino una cadena de despilfarros muy respetuosos con el contribuyente, sobre todo si hogaño está parado y percibe tantísimo movimiento de ruedas y capitales; 4) tras el último atropello, un Audi cuyo coste supera el del Cadillac diseñado para Obama, me vino a la testa el galope de Incitato, ese caballo tan querido por Calígula como caro para el pueblo romano. Y no, nunca he sabido exagerar.
Calígula construye un palacio de mármol para su caballo
(…)
Calígula comenzaba su adolescencia cuando fue desterrada su madre, que había decidido que el muchacho permaneciera en Roma, bajo la custodia de su bisabuela Livia, la madre de Tiberio. Las relaciones familiares del joven eran tan próximas al Palacio imperial que no tardó en ser presentado al emperador. Se dice que Tiberio quedó cautivado por la gracia y la inteligencia de Calígula, que supo adularle hasta el punto de que le nombró sucesor suyo.
Pero el emperador, aparte de sus muchos defectos y de su avanzada edad, era un hombre muy agudo y en los años postreros de su vida se dio cuenta del carácter que Calígula ocultaba tras su hermosa figura y sus refinados modales, tanto que, no se sabe si con resignación o con secreto regocijo, comentó: “Estoy preparando una víbora para el pueblo romano”. En este mismo sentido se le atribuye la frase: “Roma me echará en falta cuando gobierne Calígula”.
Tiberio murió en el año 37, probablemente asesinado, a los 79 años de edad, durante un viaje. Calígula -uno de los sospechosos del magnicidio, si es que lo hubo- se hallaba junto al emperador, con cuyas cenizas regresó a Roma, donde el Senado le designó emperador y fue aclamado por el pueblo, entre el que perduraba el mítico recuerdo de sus padres.
Las sabias y generosas disposiciones que a sus 25 años de edad tomó el nuevo emperador barrieron los temores iniciales que había despertado su designación. Durante meses se dedicó a remediar las terribles medidas adoptadas por Tiberio en los últimos años de su vida: permitió el retorno de los desterrados y les devolvió sus bienes; abolió las leyes sobre libros prohibidos; suprimió el delito de lesa majestad; hizo oídos sordos a calumniadores e intrigantes respondiendo a uno que le comunicaba una conspiración contra su vida: “¿Por qué he de temer? Nada he hecho para que me odien”. Agradeció al pueblo su apoyo, distribuyendo víveres, especies y dinero; redujo los impuestos y restauró los poderes y prerrogativas de los magistrados y comicios (asambleas populares).
Desafortunadamente, un día cayó gravemente enfermo. Padeció grandes fiebres y delirios. Roma entera se estremeció de dolor por su querido Calígula: no hubo templo ni sacerdote que no sacrificara por el emperador, tanto que es fama que más de 160.000 animales fueron inmolados ante los dioses para que recuperara la salud. Calígula sobrevivió, pero era otro hombre; probablemente perdió el juicio y su enajenación mental le convirtió en un ser cruel, despótico, avaricioso, lascivo, extravagante y, sobre todo, vanidoso… Así se cumplía el vaticinio de Tiberio: “Calígula tendrá todos los vicios de Sila y ninguna de sus virtudes”.
En los tres años siguientes no hubo crimen que no cometiese. Era muy aficionado al circo y hallaba divertido ver cómo las fieras mataban y devoraban a los presos que hacía sacar de las cárceles y, culpables o no, arrojaba a la arena; pero, como le molestaban sus gritos de espanto y agonía, previamente les arrancaba la lengua. Como el espectáculo sobrecogía de horror a los propios espectadores, arrojó a algunos a las fieras por no mostrar entusiasmo ante aquella carnicería. Gustaba de medir sus habilidades con las armas con los propios gladiadores y, en una ocasión, degolló a uno que, para adularle, se había dejado vencer. Durante una enfermedad se enteró de que dos gladiadores se habían ofrecido a los dioses para que se recuperase, y en cuanto recuperó la salud, ordenó que los mataran, “pues la vida ya no les pertenecía”.
Calígula trató de ganarse el aplauso y la admiración del pueblo con sus liberalidades y la organización de espectáculos, pero reaccionaba furioso cuando la plebe no respondía según sus deseos. En una ocasión mandó azotar a los espectadores por desaprobar la actuación del cómico Mnestero, al que admiraba y con el que se le supuso una relación afectiva; en otra, al estimar que el público no estaba satisfecho con el espectáculo que había organizado, porque algunos abandonaban el circo, ordenó que se cerrasen las puertas y se retirara el velarium -el conjunto de toldos que en verano cubrían el recinto- condenando a los asistentes a permanecer en sus localidades, desmayados por el calor, hasta la puesta de sol.
Otra vez llenó el circo y, contrariado por alguna reacción del público, pidió a la guardia que se evacuara la instalación de inmediato y que mataran a los rezagados; aquel día, perecieron decenas de personas aplastadas. Se asegura que, en uno de sus arrebatos de ira, gritaba: “¡El pueblo romano debiera tener una sola cabeza para podérsela cortar de un único tajo!”.
Uno de los pocos seres a los que Calígula mostró mayor estima y al que no parece que causara daño fue a su hermoso caballo Incitato, al que gustaba poner yelmo y clámide para exhibirse con él ante los soldados. Sus extravagancias con este caballo se encuentran entre los sucesos más célebres del mísero reinado: le hizo construir un palacio de mármol con un pesebre de marfil y puso a su servicio un mayordomo, pajes y un secretario. En su honor celebraba festines e invitaba a lo mejor de la sociedad, incluyendo cónsules y senadores, que comían en aquella ostentosa cuadra con Incitato, al que se servían avena dorada y vinos generosos. En el colmo del desvarío, Calígula le incluyó en el colegio sacerdotal y le designó cónsul.
Para solazarse con su caballo puso en marcha la extraordinaria idea de pasear por encima del mar. Para ello reunió la mayor parte de las naves mercantes de Roma y formó con ellas un puente que se internaba seis kilómetros en el mar. El emperador recorrió varias veces aquel extraordinario paseo, adornado con plantas naturales, iluminado, dotado de todo tipo de servicios, a lomos de Incitato, pero como terminó por parecerle todo ello un poco soso, ordenó que se arrojase al mar a algunos espectadores para disfrutar del espectáculo de verles ahogarse.
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David Solar
El reportaje de la Historia, La Esfera de los Libros, Madrid, 2004, pp. 173-177
Como dice Justino Sinova en el prólogo de este libro coral, El reportaje de la Historia “es resultado de la aplicación de dos técnicas profesionales, la del Periodismo y la de la Historia, que tienen tantos puntos de semejanza y que trabajan sobre campos a veces distintos, a veces similares. El periodismo es el esfuerzo por contar el presente más o menos próximo; la historia es el esfuerzo por descubrir el pasado más o menos remoto. Ambos empeños persiguen el objetivo de entender y explicar lo que ha ocurrido, para lo cual están obligados a trabajar con el valor de la verdad, a la que el periodista y el historiador han de rendir todo su tributo. Sin verdad no hay periodismo ni hay historia, porque la verdad es el núcleo del mensaje y ha de ser la ambición de todos los que se enfrentan a la realidad con la pretensión de descubrirla”.
¿Qué hacer con las punzadas de Espada?
Haga lo que usted quiera. Probablemente esto no es un autobús para predicadores de medio pelo.
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¿Qué hacer con la ideología?
El gran Bernard Levin, que logró que le escupieran cuando acudía al teatro, que un entrevistado le partiera la cara en directo por haber criticado a su mujer y que su contrato especificara que nadie podía modificar su columna sin su permiso, ni por razones de fondo ni (¡eso es lo rebelde!) por razones de forma, fue grande sobre todo por haber rechazado una oferta del The Guardian con estas palabras: “Está demasiado próximo a lo que yo pienso”.
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¿Qué hacer con la vida privada?
Todos aquellos que de manera harto banal se escandalizan porque los medios decidan quién aparece en ellos (previa y continuada consulta al público mercado) relajarían su ceño si acto seguido de haberles negado a los medios el derecho dijeran con claridad quién debe hacer su trabajo. No podrían decirlo, claro está, porque en la democracia hay dos delegaciones controladas, de tensa y recíproca influencia: la del voto, que permite a los políticos gestionar la organización social, y la del periódico, que permite a los periodistas escribir el guión del día. Tal guión no pueden escribirlo los protagonistas, por imperativo ontológico, digo con clara pedantería. Lo demuestran, incluso, los casos de personas como Greta Garbo, J. D. Salinger o Marisol, que defendieron con uñas y dientes su opacidad y que, paradójicamente, vieron cómo su ausencia se convertía en presencia más intensa y constante. Yo no sabía quién era Telma Ortiz hasta que apareció en los periódicos para exigir que la sacaran de ellos. Su petición al juez fue concreta: quería que el mundo la olvidara. El drama de una chica normal. A veces, a las chicas normales las hacen princesas y otras veces, cuñadas. Una gran injusticia, pero así va el mundo.
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¿Qué hacer con un adverbio?
Están buenos en salsa verde. Aunque jamás debe hacerse con ninguno de ellos lo de Gazi al Yuar, presidente interino de Irak, cuando dijo que “Sadam debe recibir un juicio muy justo”, demostrando cómo un mínimo adverbio, y encima apoc(op)ado, pervierte al adjetivo pospuesto hasta adueñarse de su voluntad.
¿Qué hacer con los adjetivos?
Paciencia. Explicaba Camba que Boder, un investigador norteamericano, que “después de analizar minuciosamente millares y millares de papeluchos” había llegado a la conclusión de que los escritores, con la edad, perdían adjetivos como se pierde el pelo. Entre los ejemplos destacaba el de Emerson, que “usaba en su juventud cincuenta y nueve adjetivos por cada cien verbos y, en la vejez, no usaba más que treinta y siete”.
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¿Qué hacer con una hermosa palabra vacía?
Recordar siempre al bachiller Pedro Ignacio López y su denuncia de la retórica que sustituye al cansado oficio de pensar las palabras por el excitante jugueteo de poner las palabras a pensar.
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¿Qué hacer con la ironía?
1. Entre las obligaciones principales del escritor está la de no dejarse amilanar. No me refiero ahora a la obligación de no ceder ante el insulto o la violencia. Esas son obligaciones generales, civiles, y tan incómodas que son más bien asignaturas de libre elección. Pero el escritor sí tiene el compromiso de no doblegarse ante la estupidez lectora. De no renunciar a la ironía, la parodia, el trampantojo; esa llovizna que permite soportar la aridez del oficio. Aquella inmortal trepanación de Lichtenberg: “Cuando un libro se encuentra con una cabeza y suena a hueco no siempre hay que preguntarse por el libro”.
2. La ironía sirve para llevar al lector al borde del precipicio y hacerle ver cómo serían las cosas si las cosas fueran lo contrario de lo que son. (…) La ironía apura hasta el fondo el delirio de la asociación cerebral para desnudar radicalmente la realidad. Sin esa tosquedad cerebral, la elegancia irónica no tendría ninguna posibilidad. Hay ironía porque hay lenguaje recto.
El problema, cada vez más grave, es que el lenguaje recto lleva camino de convertirse en obligación escatológica. En bullshit, que es, literalmente, mierda de toro, o caca de la vaca, como la bautizara Santiago González; y metafóricamente, palabrería. (…) A la desaparición de la ironía, incluso de la ironía más naïf, meramente publicitaria, están contribuyendo en primer lugar los políticos y su timorata necesidad de ponerse delante de la opinión, antes que de encabezarla. También las llamadas minorías. (…) Por si las dificultades fueran pocas, se añade la de internet y la lectura basura. La red es el desierto del lenguaje irónico, porque la ironía requiere algo más que surfeo: hay que meter el cuerpo. Cualquiera que escribe corre el riesgo de que sus opiniones irónicas se reboten en miles de ecos rectos, y en consecuencia repulsivos.
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¿Qué hacer con los prejuicios?
Este consejo tan neciamente idealista que les dan a los niños cuando acuden a las ruedas de prensa o se encaran con cualquier personaje: “¡Id sin prejuicios!”. El ejemplo de Montanelli. Fue siempre con todos sus prejuicios enhiestos. A matar o a morir.
(…)
¿Qué hacer con la muerte del periodismo?
Dar la noticia.
Arcadi Espada
Periodismo Práctico, Espasa, Madrid, 2008, pp. 20-168
El callejeo como una de las bellas artes
Abrirse paso entre coágulos de niebla. Andar al ritmo de unos escaparates que en el fondo ninguneas. Piropear, con todos los rabillos de tus ojos, el contoneo de una silueta acomplejada. Descubrir al flâneur que había en ti mientras atisbas -por vez primera, desde una perspectiva inesperada- el tejado de tu casa madrileña. Callejear es tan placentero como merendar a deshora; casi tan hermoso como besar un ceño bien fruncido. ¿Hará falta añadir que todavía no hay cargas fiscales para perseguir al viandante?
Plazuelas, calles y plazas
Toda la belleza de Madrid está en sus plazas. Las calles son feas. Los paseos, hermosos. Los parques, elegantes. La circulación en las calles es ya más perezosa que en las venas. Recuerda a una película de la circulación en París “al ralentí”, en lento. La circulación a pie forma calles en las plazas de las ciudades activas. Madrid empieza a serlo; pero en Madrid, como en Milán, aunque no son ya ciudades del Mediodía, las plazas son aún lugares de ocio. Son las curvas sensuales de la ciudad.
La Plaza Mayor es austríaca. La de Oriente, borbónica. La Puerta del Sol tiene todavía el aire de la Restauración y la Regencia. Puerta Cerrada es de Galdós. La Puerta de Atocha es de Blasco Ibáñez. La de Isabel II es de Valle-Inclán. La de Cuatro Caminos, de Pío Baroja. Las Vistillas son de “Azorín”. Las plazas de las Descalzas y de los Carros son castellanas. La Cabecera del Rastro es modernista. La plaza del Progreso está anticuada.
(…)
La belleza de Madrid está en sus plazas y en su cielo, que parece una plaza monumental.
El Sol, 30 de abril de 1926
Bajo los puentes de Madrid
Se han cerrado las puertas de teatros y cines, las ventanas de casinos y cafés, los estancos ambulantes de tabaco y cerillas, los depósitos portátiles de billetes de Lotería, los hornos móviles de chuletas de huerta, las bocas de todos los vendedores ambulantes y las del Metro. El dragón de Madrid se ha tragado a los últimos humanos, al obrero noctámbulo, a la pareja de cine, al hombre sin mujer, a un retén de guardias de Asalto; el dragón metropolitano se los ha tragado a todos y duerme en sus catacumbas.
Invisible, la barredera mecánica, movida por el frío, no limpia, sin embargo, perfectamente las calles; deja al borde de las aceras algunos “autos” acurrucados, y a lo largo de las fachadas alguna persona, alguna familia hecha un ovillo. Por las calles heladas y prácticamente desiertas patinan vertiginosos y brillan al saltar los esquíes de los rieles y los alambres tensos. Las casas de los hombres, recogidas, han levado anclas; pero llevan los fondos sucios, los bajos fondos de la ciudad pegados con harapos a los quicios de las puertas, y en la proa la buscona de la esquina. Navegan en el sobresalto y el sueño. Sólo la luna -enero y Castilla- tiene una buena realidad. Parece una piedra caliente. Da ganas de cogerla, sopesarla y lanzarla contra las casas fugitivas de los hombres cobardes.
(…)
Diario de Madrid, 31 de enero de 1935
Corpus Barga
PASEOS por Madrid, Alianza, Madrid, 2002
(…)
Me perdía entonces por la ciudad tan completamente como no he vuelto después a perderme, ni en ella ni en ninguna otra, sin distinguir los puntos cardinales y sin la menor idea de lo que podía encontrarme al doblar una esquina, con esa ebriedad hecha a medias de asombro desmedido y cansancio, del impacto causado por la escala de las distancias, las alturas, los puentes, las multitudes, los ríos. Echaba a andar con las manos en los bolsillos y me dejaba llevar en una línea quebrada de itinerarios azarosos, rápidamente extraviado en la cuadrícula abstracta de la ciudad, mareado por la monotonía de las distancias entre una calle y otra, por la gradación ascendente o descendente de números que no sabía hacia dónde me estaban conduciendo. Avanzaba o me detenía obedeciendo las órdenes secas y alternas de los semáforos, hipnotizado por su repetición, WALK, DON’T WALK, WALK, DON’T WALK, tanto como por el ritmo de metrónomo que acababan adoptando los pasos para adaptarse a ellas. Me perdía bajo las bóvedas altísimas y por los vestíbulos de mármoles resonantes de Grand Central Station, arrastrado como una hoja en un río por las corrientes y torbellinos de multitudes que venían en la hora punta de todas direcciones, ocupando pasillos y derramándose escaleras abajo hacia los andenes con el tumultuoso poderío de una inundación. En Grand Central Station la impresión del espacio es tan poderosa, tan estimulante, como en las ruinas de la basílica de Majencio o en el interior del Panteón: un espacio desmedido y sin embargo armónico, que no aplasta con la escala de sus dimensiones, sino que da más bien una cierta sensación de ingravidez que la mirada vuelta hacia arriba contagia al cuerpo entero, un impulso de elevación gozosa, como cuando se escucha una cantata de Bach.
(…)
Hay lugares de la ciudad que uno descubre por sí mismo en sus caminatas solitarias y otros que le son revelados como un regalo generoso de la amistad o el amor. Se puede regalar lo que uno más ama, cierta perspectiva al fondo de una calle, un parque pequeño junto a un puente, un café, un club de música, hasta un instante de la luz. Ese regalo intangible enriquece a quien lo ha hecho y se vuelve un tesoro enaltecido por el agradecimiento para el que lo recibe, en un recuerdo y también en la posibilidad de otro regalo. En el lugar estará siempre quien nos lo descubrió y el momento de nuestra vida en el que gracias a su mediación lo conocimos.
(…)
Antonio Muñoz Molina
Ventanas de Manhattan, Seix Barral, Barcelona, 2004, pp. 13-42
“Los actores babean”
No quiero provocar. Me limito a sacar de contexto (recurso exculpatorio de los insultadores a sueldo) una frase de Ignacio García May, dramaturgo y periodista cultural que rezuma un humor oxigenante. El año pasado, con motivo del Día Mundial del Teatro, sintetizó en dos páginas la Glamurosa Historia de la Escena. Agárrense… que vienen pullas.
Grandes éxitos del teatro
Siglo VI a. de C.- Un tal Tespis inventa las giras teatrales, que entonces se hacían en carro. Los actores tiraban de él y el empresario iba en el pescante, iniciando una tradición que se perpetúa hasta nuestros tiempos.
Siglo V a. de C.- Sófocles, que se había formado en los talleres de escritura dramática de Esquilo, obtiene el segundo premio al mejor autor joven en griego antiguo por su obra Edipo Rey. El primero lo ganó Mayorga.
Siglo IV a. de C.- Aristóteles, un marisabidillo helénico que no había conocido ni a Tespis, ni a Esquilo, ni a Sófocles, ni a Mayorga, pontifica, en La Poética, sobre la tragedia, como si sólo él supiera de qué va la cosa. Y así sigue, hoy.
Año Cero (y un poco antes y otro poco después)- Los romanos llegan a instituir hasta 177 días de fiesta al año, con sus respectivos espectáculos. No es raro, por tanto, que luego llegaran a ser italianos, y, en el colmo de la involución, españoles. Jose Luis Alonso de Plauto se hace famoso por sus comedias, entre ellas, Bajarse a Mauritania o La estanquera de Cartago.
Siglo V- El imperio romano se cae, lo cual sugiere que estaba mal apoyado. La gente deja de hacer teatro, al menos profesionalmente.
Siglo X- Hroswitha, monja del monasterio de Gandersheim, se convierte en la primera autora teatral de la que tenemos noticia. Un colectivo de dramaturgas españolas contemporáneas quiso llamarse “Las Hroswithas de Gandersheim” en su honor, pero como era imposible de pronunciar se decidieron por “Las Marías Guerreras”, que además es más patriótico.
Renacimiento- Los arquitectos italianos ponen de moda la perspectiva en las escenografías. Tan buenas eran que nadie se fijaba en los actores, y por eso no sabemos nada de ellos.
1590- Durante una representación, en Londres, un figurante rompe (shake) su lanza (spear), lo cual sugiere al filósofo Francis Bacon, presente en la velada, un ingenioso seudónimo con el que firmar dos o tres obritas sin importancia que guardaba en un cajón. En cuanto al figurante, ese día no cobró.
1635- Muere Lope de Vega. Las empresas españolas dedicadas a la fabricación de tinta y papel entran en una grave crisis financiera de la que tardarían años en recuperarse.
1680- Estando hasta las reales narices de las peleas entre las diversas compañías de actores, Luis XIV les obliga a unirse en una sola, llamada Comédie Française, a la que concede el monopolio absoluto del teatro en francés. En agradecimiento, cuando un siglo después llegó la Revolución, los cómicos se pusieron de parte de Rubalcaba, perdón, de Robespierre, que a su vez los encarceló a todos y cerró la Comédie. Las relaciones entre política y teatro son así.
Algún lugar indefinido del siglo XVII- Nace, en la India, el Kathakali, que se suele describir en los libros de historia como “milenaria forma teatral”. Aquí hay alguien que tiene problemas con las matemáticas.
1769- Lessing culmina La Dramaturgia de Hamburgo, volumen que ha hecho que los dramaturgos aborrezcan la palabra dramaturgia. Unos años después, Diderot escribe La paradoja del comediante, libro que hace que los actores se peleen entre sí. Es evidente que los ilustrados eran gente de pocas luces.
Principios del s. XX- Se impone el uso de la luz de gas en los teatros. Más tarde, a partir de 1860, se adquirió la costumbre de apagar la luz de la sala, dejándola a oscuras. Gracias a esto, y si las butacas lo permiten, podemos echar una cabezadita durante la función.
1844- Zorrilla escribe Don Juan Tenorio. El personaje ha sido tratado por Tirso de Molina, Molière, Goldoni, Da Ponte, Byron, Pushkin y George Clooney, pero lo que todos nos sabemos es eso de “No es cierto, ángel de amor, que en esta apartada orilla, más clara la luna brilla…”.
1872- Nietzsche escribe El nacimiento de la tragedia, libro que los profesores de Historia del Teatro mandan siempre a sus alumnos pensando que lo van a entender. Wagner, que por entonces era amiguete de Nietzsche, se hace construir, en el 76, un teatro a la medida para hacer sus propias obras. Eso quisiéramos todos.
1887- Un empleado de la Compañía del Gas de París llamado Antoine inventa las salas alternativas. También se le ocurre la exótica idea de hacer que los actores se comporten como personas normales y hasta los coloca de espaldas al público. Además, asegura haber concebido la cuarta pared, pero eso no es verdad porque todos sabemos que esa sala está en Madrid.
1896- El telón se levanta un poco antes de lo previsto durante el estreno de Ubú rey, sorprendiendo a los protagonistas mientras comentaban la categoría artística del autor. Lo que se dijo en escena no fue “mierdra”, expresión obviamente absurda e inexistente, sino “mierda de dramaturgo…” Afortunadamente, el teatro tenía una sonoridad pésima y Jarry, que era un listo, se lo apuntó como hallazgo vanguardista, después, claro, de sustituir al actor por otro.
1897- Stanislavsky, que se interesa por los experimentos de Pavlov con sus dichosos perros, llega a un ensayo con una campanita, esperando que los actores babeen al tocarla. Éste es el que se conoce como primer Stanislavsky. Los actores se niegan a babear y el director les insulta mentándoles a sus madres. Éste es el Stanislavsky de la memoria emocional. Los actores siguen negándose a babear y el genio ruso decide pagarles la semana de ensayos que les debía, y además, una prima. Los actores babean. Éste es el Stanislavsky de las acciones físicas.
1905- Max Reinhardt dirige, por primera vez, El sueño de una noche de verano, utilizando para ello un escenario rotatorio. Durante los treinta años siguientes montaría otras 29 versiones de la obra, lo cual disparó las ventas de biodramina entre los actores implicados.
1921- Se localizan, en la oficina de objetos perdidos de la Stazione Termini, en Roma, unos personajes que se le habían perdido a Pirandello unos días antes. Según sus declaraciones, intentaban cruzar la frontera y mudarse a una comedia de Sacha Guitry, porque, declaró uno de ellos, “nos han dicho que son divertidas”.
1948- Beckett escribe Esperando a Godot, aunque no se estrenará hasta cuatro años más tarde. El autor no entendía el rechazo de compañías y editores a su texto, pero es que no se había dado cuenta de que había puesto la primera parte en la segunda y viceversa.
1962- Arrabal, Jodorowsky y Topor fundan el Movimiento Pánico. Vistos los resultados, el nombre estaba muy bien puesto.
Ignacio García May en El Cultural, 27 de marzo de 2008
¿Quién escanea a quién?
“Tras Campmany, Umbral y Cándido, desaparecidos el pasado año, surge con fuerza una nueva generación”, dijo el presidente de honor del jurado, Manuel Alcántara, cuando le concedieron a Antonio Lucas un flamante premio para periodistas jóvenes. Fue coronado un artículo que la inmensa minoría conocemos, así que me lo ahorro. En las páginas de El Mundo, sección Cultura, se solaza uno con su prosa minuciosa, visual, heredera a su manera de los cuadros pintados por su padre. Para muestra, se me está cayendo un botón…
Antes de entrar, desde la cabina renqueante de un ascensor de jaula con apliques burgueses, se adivina ya un salón de luces amplias regado de voces, de risas, de ese dulce estruendo de cristales en el brindis de la sobremesa. Alguien abre la puerta de hierro forjado y al fondo de una mesa con mantel de hilo, como una gran sacerdotisa, Carmen Balcells alza los ojos de águila lista, de águila sentada. Pone en pie una mano abacial a modo de saludo y mientras lanza dos frases de cortesía pasa el escáner de los ojos por el esqueleto forastero.
Este mediodía los invitados a la vieja ceremonia son Mario Vargas Llosa y su mujer, Patricia. Con ellos está el núcleo duro de la agencia literaria: Gloria Gutiérrez, Javier Martín, Carina Pons, Nuria y un joven con perfil de sabio tronado al que todos llaman el genio… La escena tiene algo de brasa de hogar bajo unos techos altísimos, de fiesta íntima en el santuario de la literatura hispánica donde Carmen Balcells, desde una silla de ruedas que ella convierte en trono, apacienta un caudaloso rebaño de secretos con los que se podría repensar la intrahistoria de la narrativa de la segunda mitad del siglo XX. Es este un piso amplio, elegante, inflamado de claridad, en la zona noble de Barcelona.
Hasta llegar aquí han pasado semanas de gestiones y silencios. Llamadas, mails, palomas mensajeras. Esta mujer viene cincelada por una leyenda que tiene en la discreción las huellas de su autoridad. “Como tanta gente, valgo más por lo que callo que por lo que digo”, afirma. En casi 80 años habrá concedido cinco, seis entrevistas. En casi 80 años habrá rechazado 100, 200 reportajes. “No es malo que exista la leyenda, a condición de que yo no me la crea. Seguramente me he beneficiado de ella, claro, pero lo que a mí me ha hecho ser alguien es la audacia y el saber ganarme la confianza de mis clientes”, comenta con una voz suave macerada por la edad, su enérgica edad.
Llama clientes a quienes otros quisieran condecorarse como amigos: García Márquez, Vargas Llosa, Onetti (cuando vivía), Goytisolo, Marsé… “Para mí son clientes de la agencia. Así de claro. Y luego existen vínculos, cómo no, relaciones entrañables. Pero nunca he olvidado que en esta casa vivimos de los grandes escritores. Y yo me hago querer todo lo que puedo para evitar las deserciones. En esto somos como el ejército. Respecto a la amistad, los años te hacen comprender que en toda una vida sólo da tiempo a tener tres o cuatro amigos, no más. Esos son los que caben en una existencia”, ataja.
Un día le llamó Gabo desde México y al acabar la conversación éste le preguntó: “Carmen, ¿me quieres?”. La respuesta fue, una vez más, un golpe de talento: “Mira, no te puedo contestar a eso porque supones el 36,2% de nuestra facturación”. Es rápida como la sangre. Astuta como una campesina, según dijeron de ella en Le Monde.
La Balcells gasta el saber y la fuerza de quien se ha hecho en los duros remontes de una profesión a contracorriente. Los editores la temen. Es una fajadora que toca el piano con guantes de boxeo. Este oficio no entró en la modernidad hasta que ella no puso patas arriba el tinglado operativo de la representación de autores. Hoy su modelo de gestión se estudia en algunas de las mejores universidades del mundo. “Lo que me propuse fue convertir mi trabajo en algo digno”, dice satisfecha.
Logró eliminar los contratos vitalicios y otras tiranías editoriales e imponer las clausulas de cesión por tiempo limitado de un libro. Entre su cartera de clientes tiene a más de 200 autores del mundo hispánico. Entre ellos a cuatro premios Nobel: Neruda, Aleixandre, Gabo y Cela. En los años 60 fundó en Barcelona la capital mundial del boom latinoamericano. “Aunque a mí esa palabra, lo del boom, no me gusta. No quiere decir nada”, aclara. Pero el caso es que ella sola logró cambiar las coordenadas geográficas del asunto. “Así fue. Conseguí que casi todos ellos pasaran y se quedaran en Barcelona. Al menos un tiempo. Nunca se repetirá algo como aquello. Pasarán muchas cosas en la literatura (y espero estar aquí para ver algunas de ellas), pero como esa generación, jamás. Fue lo más fresco, innovador y regenerador que hemos tenido”.
Vargas Llosa se despide y el largo adiós es otra fiesta. Al instante, Balcells da una nueva orden disimulada: “El reportero aquí; el fotógrafo a este otro lado… Pregunta, pregunta”. Y ya tiene otra galaxia de gente alrededor. Sobre la mesa un teléfono, un bolígrafo y un timbre para pedirle más café claro a las chicas del servicio. Y un paquete de Nobel, y un pitillo que se enciende y se consume entre el arpa gruesa de los dedos.
- Ese cierto misterio suyo…
- Ya, es lo que dicen, pero no ha sido deliberado. Obedece a una estética que he elegido como forma de vida. Tiene más que ver con el mundo ético y estético, lo que antes se llamaba moral. Eso está en mí muy arraigado. Lo heredé de mi madre.
Aquella infancia de familia campesina, pequeños propietarios de tierras de labranza, trazó de algún modo el impulso vital de esta mujer. “Nací en una aldea de 50 habitantes, en Santa Fe de Segarra (Lleida). Imagínese. Desde allí era muy difícil hacer nada de no haber sido por una madre que tuvo para mí muy buenos planes. Me llevó a estudiar con las teresianas y, de algún modo, fui tratada como una niña privilegiada”.
Cuando adolescente, se echó un novio con afanes de escritor en Cervere. Aquel muchacho le recetó a Faulkner como primera lectura. “¡Le estoy hablando de los años 50!”, exclama. Al mismo tiempo, en el instituto, descubrió a Molière por un profesor de francés que le regaló un ejemplar de El enfermo imaginario. Ese primer yodo literario le puso en el camino de las letras.
- La literatura.
- Para mí lo ha sido todo. La lectura debería ser la necesidad mayor del hombre. La curiosidad, la capacidad de descubrimiento, la altura moral e intelectual de un individuo viene por los libros.
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Antonio Lucas en El Mundo, 5 de octubre de 2008
A su soberano antojo
Rechacemos la tentación de imaginar su ira ante las cacicadas del CAC, ese Gran Hermano a cuyos ojos todos los catalanes son iguales, pero algunos son más iguales que otros. Hay vida más allá de 1984, Rebelión en la granja, o aquel explosivo Homenaje a Cataluña. Existen otros Orwell. Una de sus muchas versiones siguió a rajatabla esta directriz del semanario Tribune: “escribe como se te antoje y sobre todo lo que se te antoje”. Su columna, en buena lógica, llevaba por título “As I Please”. Pase, lea… y opine a su antojo.
Escena en una expendeduría de tabaco. Dos soldados norteamericanos apoyados, casi derrumbados sobre el mostrador, uno de ellos apenas sobrio, están diciendo piropos a las dos jóvenes que llevan el establecimiento. El otro soldado está en esa fase de la borrachera en que se suelen poner peleones. Entra Orwell a comprar una caja de fósforos. El más belicoso hace un esfuerzo por enderezarse.
Soldado: Lo ge yio de diga, dú. La pégfida Albión. ¿Tanteras o no tanteras? No de fíes de los británicos. Nunca, no de fíes.
Orwell: ¿Que no te fíes de qué?
Soldado: Lo ge yio de diga, dú. Abajo Gran Bredaña. Abajo los bridánicos. ¿Me vas a decir dú algo a eso? ¿A ge no? O sí, a ver ge se vea. (Asoma la cara como un gato callejero en lo alto de la tapia de un jardín.)
Dependiente: Como no te calles la boca, te va a partir la cara.
Soldado: Lo ge yio de diga, dú. Abajo Gran Bredaña. (Vuelve a caer de bruces sobre el mostrador. La dependienta, con delicadeza, le retira la jeta de la báscula.)
Una situación como ésta no es excepcional. Aun cuando se aleje uno de Piccadilly, de sus enjambres y avisperos de borrachos y de putas, en Londres es difícil ir a ninguna parte sin tener la sensación de que Gran Bretaña es hoy Territorio Ocupado. El consenso general de la opinión parece ser que los únicos soldados norteamericanos de trato y modales decentes son los negros. Por otra parte, los norteamericanos tienen sus propias quejas, sin duda justificadas; en concreto, se quejan de los niños que los siguen día y noche, tratando de camelarlos para que les regalen golosinas.
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Nadie es consciente del sentimiento antibritánico que impera en los Estados Unidos. Al hacerse una imagen de Norteamérica basada en películas que han sido cuidadosamente editadas para el mercado británico, carecen de toda idea precisa acerca de la clase de cosas que los norteamericanos han dado en creer acerca de nosotros. Descubrir de pronto, por ejemplo, que el norteamericano medio cree que Estados Unidos ha sufrido más bajas que Inglaterra en la pasada guerra supone una sorpresa, un sobresalto de los que pueden causar una trifulca violenta. Una dificultad tan fundamental como es que un soldado norteamericano reciba una paga cinco veces mayor que la de un soldado británico jamás se ha ventilado como sería debido. Ninguna persona en su sano juicio desea agitar los recelos angloamericanos. Al contrario, precisamente porque uno aspira a que exista una buena relación entre los dos países, aspira a que hablemos claro. Nuestra política oficial de dar jabón al amigo no nos hace ningún bien en los Estados Unidos, mientras que en este país se permite que un peligroso resentimiento se emponzoñe bajo la superficie de las cosas.
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Tribune, 3 de diciembre de 1943
Han llegado tantas cartas atacándome por mis comentarios sobre los soldados norteamericanos acantonados en este país que no me queda más remedio que retomar el asunto.
Al contrario de lo que parecen pensar casi todos mis corresponsales, no era mi intención causar problemas entre nuestros aliados y nosotros, ni tampoco me consume el odio hacia los Estados Unidos. Soy mucho menos antiamericano que la mayoría de los ingleses en estos momentos. Lo que dije, y repito, es que nuestra política de no criticar a nuestros aliados, y de no responder a sus críticas (no contestamos a los rusos, y ni siquiera a los chinos), es un craso error, y, además, es probable que sirva para desbaratar los objetivos que nos hemos marcado a la larga.
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Tribune, 17 de diciembre de 1943
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Atacándome en la Weekly Review por haber atacado yo a Douglas Reed, A. K. Chesterton comenta: “Mi país, con razón o sin ella, parece una máxima que no tenga cabida en la filosofía de Orwell”. También señala que “todos nosotros creemos que, al margen de cuál sea su situación, Gran Bretaña tiene que ganar esta guerra o, ya puestos, cualquier otra guerra en la que participe”.
La frase que chirría es “cualquier otra guerra”. Somos muchos los que defenderíamos a nuestro país, sin que importase de qué signo fuera el gobierno, siempre y cuando pareciese que nos hallásemos en peligro de sufrir una invasión extranjera. Pero “cualquier otra guerra” es harina de otro costal. ¿Qué hay de la Guerra de los Bóers, por ejemplo? Hay en esto un retintín de ironía histórica. A. K. Chesterton es sobrino de G. K. Chesterton, quien tuvo el valor de oponerse a la Guerra de los Bóers, y en cierta ocasión señaló que eso de “Mi país, con razón o sin ella” le parecía de la misma categoría moral que “Mi madre, tanto ebria como sobria”.
Tribune, 24 de diciembre de 1943
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Un corresponsal nos ha enviado una carta en defensa de Ezra Pound, el poeta norteamericano que declaró lealtad a Mussolini pocos años antes de la guerra, y que ha sido un bullicioso propagandista en la radio de Roma. Lo esencial de su reclamación es (a) que Pound no se vendió sólo por dinero, y (b) que cuando se trata de un poeta verdadero, uno puede permitirse el hacer caso omiso de sus opiniones políticas.
Es obvio que Pound no se vendió exclusivamente por dinero. Eso no lo hace ningún escritor. Todo el que aspire a amasar dinero, antes que nada, elegiría una profesión mejor retribuida. Pero a mí me parece probable que Pound se vendiera, en parte, por el prestigio, por la adulación y por una plaza de profesor. (…) Cuando tuvo lugar la guerra de Abisinia, Pound se mostró estridentemente antiabisinio. En 1938, más o menos, los italianos le concedieron una cátedra en una de sus universidades, y al poco de estallar la guerra se hizo ciudadano italiano.
Asunto muy distinto es que a un poeta como tal se le hayan de perdonar sus opiniones políticas. Obviamente, no se debe decir jamás que “X está de acuerdo conmigo; por tanto, es un buen escritor”. Durante los últimos diez años, la crítica literaria seria ha combatido a fondo este planteamiento. Personalmente, admiro a varios escritores (Céline, por ejemplo) que se han pasado al bando fascista, y a muchos otros cuyos planteamientos políticos me suponen serias objeciones. Pero siempre se tiene el derecho de esperar un comportamiento decente, incluso, en un poeta. Nunca he oído las alocuciones radiofónicas de Pound, pero sí las he leído transcritas, a menudo, en los Informes de Seguimiento de la BBC. Eran intelectual y moralmente repulsivas. Por ejemplo, el antisemitismo no es una doctrina sencillamente propia de una persona madura. Los que defienden esas posiciones han de asumir las consecuencias. Sin embargo, estoy de acuerdo con nuestro corresponsal en la esperanza de que las autoridades norteamericanas no apresen a Pound para fusilarlo, como han amenazado con hacer. Eso realzaría de tal manera su reputación que habrían de pasar cien años, al menos, antes de que alguien pueda precisar con desapasionamiento si los tan debatidos poemas de Pound son buenos o no lo son.
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Tribune, 28 de enero de 1944
El reciente artículo de Arthur Koestler aparecido en Tribune me ha hecho pensar si el chanchullo continuo en que se mueve el mundo de los libros renacerá con el vigor de antaño después de la guerra, cuando haya de nuevo suministros de papel y otras cosas en las cuales gastar dinero.
Los editores de algo han de vivir, al igual que todo el mundo, y no se les puede echar en cara que pregonen sus mercancías, si bien el rasgo realmente vergonzante de la vida literaria antes de la guerra estribaba en cómo se había desdibujado la distinción entre crítica y publicidad. Bastantes reseñadores, en especial los más conocidos, eran poco más que escritores de textos elogiosos de contracubierta. La publicidad más “chillona” empezó a darse en los años veinte, y a medida que se hizo más encarnizada la competencia por ocupar el mayor espacio posible, y por emplear los superlativos más llamativos, los anuncios de los editores terminaron por ser una importante fuente de ingresos para no pocas publicaciones. Las páginas de libros de bastantes periódicos bien conocidos eran prácticamente propiedad privada o coto vedado de un puñado de editores, que habían plantado a sus esbirros colaboracionistas en los puestos de más relevancia. Estos desdichados producían a marchas forzadas sus elogios -“obra maestra”, “brillante”, “inolvidable”, etc.- cual si fueran pianolas. Un libro publicado por los editores ad hoc no sólo obtenía, con toda certeza, reseñas favorables, sino que, además, aparecía en la lista de libros “recomendados”, que los industriosos asiduos a las bibliotecas de préstamo podían llevarse al día siguiente para cursar sus peticiones.
Si uno publicaba libros con distintos editores, pronto se enteraba de lo fuerte que llegaba a ser la presión de la publicidad. Un libro publicado por una de las editoriales grandes, que, por lo común, invertían cantidades notables en publicidad, podía cosechar entre cincuenta y setenta y cinco reseñas; un libro de una editorial pequeña a lo sumo cosecharía una veintena. Sé de un caso en el que un editor de teología decidió, por una razón que se me escapa, publicar una novela. Dedicó gran cantidad de dinero a publicitarla. Recabó exactamente cuatro reseñas en toda Inglaterra; la única más o menos larga apareció en una publicación de automóviles, que aprovechó la oportunidad para señalar que la parte del país descrita en la novela era un buen lugar para una excursión en coche. Este editor no estaba al tanto del chanchullo de la crítica literaria, sus anuncios no suponían dinero para los periódicos, que, lógicamente, le hicieron el vacío.
Ni siquiera las publicaciones literarias de más reputación podían permitirse el lujo de desairar a los anunciantes. Era bastante habitual enviar un libro a un reseñador con una fórmula como ésta: “Hazme una reseña de este libro, si te parece bueno. Si no, me lo devuelves. No creemos que valga la pena publicar reseñas simplemente negativas”.
Como es natural, una persona para quien la guinea que poco más o menos cobra por reseña equivale al precio del alquiler nunca devolverá el libro. Se puede dar por hecho que hallará algo que elogiar, al margen de la opinión personal que le haya merecido el libro.
En los Estados Unidos se ha descartado, incluso, la pretensión de que los reseñadores a destajo lean de veras los libros por cuya crítica se les paga. Los editores, o al menos algunos editores, envían con el ejemplar para la reseña una breve sinopsis en la que se indica al reseñador qué le conviene decir. Una vez, en el caso de una de mis novelas, en esta sinopsis se coló una errata en el nombre de un personaje. La misma errata fue apareciendo en todas y cada una de las reseñas. Los presuntos críticos ni siquiera habían hojeado el libro, a pesar de que la inmensa mayoría lo aconsejaron vivamente.
(…)
Tribune, 9 de junio de 1944
George Orwell (menos conocido como “Eric Arthur Blair”)
Matar a un elefante y otros escritos, Turner, Madrid, 2006, pp. 191-252.
“Moderantismo” en la página 7
En Dublín tuve la fortuna de conocer a un catedrático humilde, lo cual parece un oxímoron. Tras la tercera o cuarta Guinness, se sinceró: “Conviene dominar el artículo breve antes de los cuarenta. Yo me siento incapaz de escribir algo que no sea un rollo plúmbeo, y sospecho que no me leen ni mis presuntos discípulos”. El hábito de plasmar quintaesencias es más inusual y valioso de lo que se piensa. En un reciente ensayo de Valentí Puig, acostumbrado a condensar sus moderantistas opiniones en el diario ABC, me ha sorprendido encontrar una breve síntesis de ese mismo ensayo. Tan admirable rareza no figura en el índice. Tampoco en la contraportada, a modo de reclamo para curiosos o de resumen para holgazanes. Se requiere llegar a la página siete.
MODERANTISMO. m. Tendencia a la moderación. * Tesitura política que guarda el medio entre los dos extremos. * Dícese de la política propia del Partido Moderado formado en España durante la Regencia de María Cristina de Borbón. * Actitud intelectual y política a inicios del siglo XXI para una proyección articulada de las tesis de la moderación como forma integradora del centro-derecha en su contenido de reformismo y estrategia centrista. En una España unida por el constitucionalismo reformista de 1978, el moderantismo considera factible la convergencia de lo liberal-conservador y del humanismo cristiano con las dinámicas más positivas de la globalización, el potencial de la tecnociencia y la reivindicación de los valores de Occidente. Para la Unión Europea, la propuesta moderantista es el euro-realismo. Frente a la ruptura, la reforma enlaza con la relectura del regeneracionismo hispánico. La familia reinventa su rol universal después de los embates del totalitarismo; los mercados y la moral importan. Entre la terapia deseable y la mutación extralimitada, la conciencia de nuestro tiempo ha de conocer los límites de la dimensión ética. En una sociedad biotecnológica tiene que ser postulable la vigencia de valores como la patria, la fe, la vida, el bien común, la lealtad, la memoria o la distinción entre bien y mal. Al considerar el bien común como valor, la política es una vez más amalgama de experiencia de ideas, de pragmatismo y convicciones, de pasión y razón. Un partido político moderantista se ha de conglomerar en torno a una fluidez constructiva y capilar entre sus principios y la identidad de sus votantes, lo que obliga a no olvidar que las identidades no son fijas sino cambiantes. Las ambigüedades de la Historia no son meros accidentes sino rasgos permanentes de la existencia histórica del ser humano. A su vez, son tiempos para la prudencia aristotélica, para el ideal de mesura. Lo equívoco y contraproducente sería desestimar que las democracias en ocasiones se dejan inducir por el vértigo de renunciar a la memoria de grandezas compartidas para concentrarse en el recuerdo de crímenes y fallos.
Valentí Puig
Moderantismo. Una reflexión para España, Península, Barcelona, 2008, p. 7.
Limusinas fúnebres
De Martin Amis se podrían decir muchas cosas, pero destacaré muy pocas para introducir esta pieza. El autor, hijísimo de Sir Kingsley, destila un optimismo solo comparable al de Ernesto Sábato, ingeniero del túnel angustioso. En el orwelliano año 84, publicó una novela titulada “Dinero”; cobra 4.000 euros por hora como profesor de escritura creativa en la Universidad de Manchester, y cabe suponer que llegará a fin de mes. Tengo entre manos “El infierno imbécil”, antología de sus artículos con trasfondo estadounidense, pero los ciudadanos de la Superpotencia no deberían ofenderse por esa luciferina expresión tomada de Saul Bellow. A juzgar por el prólogo, debería enojarse el mundo entero: “Ni que decir tiene que lo de infierno imbécil no es una condición exclusivamente estadounidense. Es mundial y tal vez eterna. Es también, por supuesto, primordialmente una metáfora, una metáfora de la infamia humana: la masiva, grosera y siempre desconcertante infamia humana”. Amis Jr, sempiterno “enfant terrible”, no acaba de ser la encarnación del Prozac…
Palm Beach: ¿no es maravilloso?
Los únicos accidentes de tráfico de Palm Beach se producen entre peatones. Y puedes ver a un kilómetro que van a producirse. Los moteados vejetes de pantalones de golf se sitúan unos frente a otros en las aceras y en los pasos de cebra, y avanzan, inexorablemente, como stock-cars a cámara lenta o como superpetroleros venidos a menos. (Todo el mundo es muy pulcro y redondito en Palm Beach… a diferencia de lo que sucede en Nueva York, donde la cara de la gente es tan delgada como las tarjetas de crédito.) Luego sucede. ¡Uuf!… Los veteranos rebotan y se tambalean. “¡Eh!”. “Esto es una acera, querida”. “¿Ah sí? ¡Qué te parece esto!”.
Entretanto los domesticados devoradores de gasolina avanzan laboriosamente en fila a lo largo del paseo marítimo, limusinas como coches fúnebres, descapotables con sus ancas y bíceps. Toronados, Thunderbirds, Cutlasses. Pero estos trasegadores de gasolina están dejando la bebida. El límite está entre los 40 y los 55 kilómetros por hora y la gente conduce aún más despacio que eso. Nunca hay accidentes, no suenan alarmas de ningún género. Ante un neumático deshinchado en un Mercedes acudirán coches patrulla, helicópteros, agentes del Estado. Los únicos que necesitan llegar rápido a algún sitio están tras el volante de las Unidades del Servicio de Emergencia, especializadas en ataques cardíacos y que son las más eficientes y avanzadas del mundo. Todos los demás se desplazan con un sinuoso estilo de excursión dominical. El velocímetro de mi gorgoteante Mustang de 1981 se paró a 130, como un Mini. Se conserva la energía. Pero, ¿para qué?
Tu reloj psíquico necesita energía para adaptarse a Palm Beach, al sol, a la riqueza, a la seguridad y a la fatiga de piscina. Durante las primeras cuarenta y ocho horas creí que iba a detenerme sin más la policía por disfrutar de tanto tiempo de relajamiento. “… Pero agente… ¿de qué se me acusa?”. “Está usted muy relajado. Demasiado relajado”. La verdad era que, por supuesto, yo no estaba ni mucho menos lo suficientemente relajado. Me tumbé nerviosamente al lado de mi piscina personal, me adormilé inquieto en mi cama señorial, vagabundeé tenso por la ciudad al volante de mi automóvil resplandeciente…
No hay el menor indicio de que se realice trabajo aquí de ninguna clase. No hay el menor rastro de alguien que no tenga muchísimo dinero. Las únicas caras negras que ves, las ves a través del cristal: podando los arriates de los bordes, lavando los platos o limpiando el parabrisas. No hay basura, no hay delincuencia; el robo de un bolso en el centro comercial provocaría titulares, caza del hombre de dimensiones estatales. Sólo hay un tipo de actividad en Palm Beach: el ocio.
El Palm Beach propiamente dicho, la faja de tierra entre Lago Worth y el Océano Atlántico, es el trozo de propiedad inmobiliaria más caro del país, mucho más que Martha’s Vineyard o que Beverly Hills. La gente habla obsesivamente de propiedad inmobiliaria, en parte, supongo, porque es un modo informal de hablar obsesivamente de dinero. “Y quiero decir que ésos son precios máximos. Y quiero decir máximos. Máximos. Máximos”. “Luego aumenté el dinero al ciento cuarenta por ciento del precio pedido. ¿No es maravilloso?”. En una de las principales calles comerciales de Palm Beach hay unas oficinas de lujoso aspecto que se llaman Agentes Inmobiliarios Creativos. Tal vez haya incluso un curso en la Universidad de Miami para agentes inmobiliarios creativos.
Visité un hogar normal de Palm Beach de ingresos medios y su gracioso y hospitalario dueño me lo mostró todo. Desde el punto de vista de la ostentación, bueno, la casa tenía un camino de coches de mármol con monograma, y la cosa seguía a partir de ahí. Entre los elementos adicionales se incluía un sistema informático telefónico (si marcabas un número determinado en el estudio, se cerraban las cortinas en el dormitorio), control meteorológico en el selvático patio, control visual y auditivo del recinto infestado de esculturas. En el garaje hay un Clenet hecho por encargo de 90.000 dólares (“Tengo también unos cuantos Rolls ahí fuera que no están mal”). En el cuarto de baño Mae West hay botellones de Madame Rochas y Paco Rabanne. El césped es como hierba artificial. Las alfombras, como baños de burbujas. Nunca en mi vida he visto un lujo tan agobiante y asfixiante.
Mi anfitrión era un hombre de negocios del Norte que se había establecido en Palm Beach. Cuando llegó, no intentó siquiera entrar en el club “más selecto” de la ciudad. No habría tenido ningún sentido: es judío. Intentó ingresar en el club de la puerta de al lado. Estaba dispuesto a pagar lo debido (20.000 dólares al año), y podía demostrar, como tienen que hacer los candidatos, que había dado un millón de dólares para la caridad. No pudo ingresar allí tampoco. Su mujer contrató una secretaria de prensa y la pareja empezó a aparecer en el Palm Beach Daily News, o “La hoja brillante”, que es como se la conoce. Finalmente fueron aceptados en la sociedad de café de Palm Beach.
El beau monde de Palm Beach, como todas las élites provincianas, es desconcertante y carece al mismo tiempo de interés, un enigma que no siente uno particulares deseos de resolver. Los nombres se mencionan con reverencia, ironía o desprecio. Algunos tienen timbre confederado al viejo estilo; otros suenan a europeo de imitación. Apropiadamente para Estados Unidos, los únicos apodos con un deje aristocrático son nombres de marcas: perfumes, coches, aparatos domésticos. Hay escándalos de vez en cuando. ¡La heredera del papel higiénico se ha fugado con el rey del sostén! ¡La reina del desodorante se ha divorciado del gigante de las sales de baño! Se dan grandes fiestas bajo la cobertura de la caridad. Pagas las bebidas y el dinero va a un grupo minoritario desfavorecido, o se destina a combatir una enfermedad de moda. A mí me dio la impresión de que la mayor parte de la diversión consiste en pequeñas pero opulentas cenas al lado de la piscina, en las que cada pareja anfitriona intenta superar a la otra a lo Gatsby con la calidad de sus vinos, el peso de sus filetes, la antigüedad de su cubertería, la muchedumbre de sus criados. Pero hay también otras grandes fechas en el calendario.
“¡La emoción de los diamantes! Sí, los diamantes son el mejor amigo de una chica. ¡Este exquisito collar! Un unísono de nobles gemas. ¡Tuyo por sólo… 250.000 dólares!”.
Ésta era la fiesta Gucci de la temporada, que se celebraba en la galería comercial de Gucci, presentada por el propio Gucci (o, más bien, por el propio “doctor Aldo Gucci”. “Doctor”: ¿a que es maravilloso?). El propio Gucci es un maníaco resplandecientemente guapo con modales operísticos y un inglés imposible. “Demos gracias a que Dios ha tenido a bien esta velada”, y así sucesivamente. Niñas pijas y esquivos niños bonitos hicieron de modelos de las últimas creaciones del doctor. Gucci se retiró luego a la tribuna de los juglares y, con una pandereta en una mano y un micrófono en la otra, remedó realmente las canciones interpretadas por el sedante grupo pop que había detrás de él.
Yo entretanto me mezclé con la flor y nata de Palm Beach. Los viejos, esos dioses de esmoquin y robots fundidos, con camisas de etiqueta tachonadas de plata y cabello metálico, todos estupendos, todos en gran forma. “¿Qué tal, Buck?”. “Bien, Dale. ¿Tú?”. “Yo bien, Buck. Yo bien”. Y las mujeres, aún pisando fuerte, acicaladas, recortadas, ceñidas, coronadas, reparadas, estiradas, enjuagadas, podadas, reducidas, mondadas, pero aún pisando fuerte, y con el propósito de seguir por aquí muchísimo tiempo.
La edad media en Palm Beach son los cincuenta y siete. Según la creencia popular (es decir, según el famoso documental de Alan Whicker de hace unos años) el lugar está poblado enteramente por viudas con caras como bolsos de piel de serpiente, por haber perecido los hombres en el esfuerzo de toda una vida para lograr establecerse en este dorado kilómetro y medio. “Ese Alvin Whicker. Tú no vas a escribir algo así”, me dijeron en varias ocasiones. No, dije yo, no iba. Vi poco de esto… o más bien vi otras cosas además.
“¿Tú haces coca?”, me preguntó alguien en una reunión social con bailes folclóricos, la fiesta de un barón del ganado, (atuendo: Oeste) en el Polo and Country Club de Palma Beach. (¿Cómo se hace uno coca? En el aeropuerto de Miami dio la casualidad de que me fijé en un Bruce Forsyth, plantado delante de un anuncio que dice: “Hazte un daiquiri”. Mientras escribo esta frase, estoy haciendo un cigarrillo.) Había cosas jóvenes abundantes en la fiesta, muchas pequeñas Bo Dereks y Farrah Fawcetts balanceándose al ritmo de la banda Okey, y escoltadas por muchos tipos jóvenes de revólver. Oyes hablar de la habitual ala delta, del esquí acuático, el submarinismo, vuelo en avionetas, polo, a la chusma joven de droga y discoteca que adorna tradicionalmente tales lugares de placer, sus actividades permitidas por sus padres y perdonadas con un guiño por la policía. Los ricos tienen hijos, exactamente igual que los demás.
(…)
Martin Amis en Tatler, 1979
El infierno imbécil, El Aleph, Barcelona, 2008, pp. 109-14.
La dentadura blanca
Con un aplomo digno de mejor causa, bastantes analistas se refieren a Obama como “el nuevo Kennedy”. Entre ambos líderes hay más diferencias que futuros candidatos en los Harvard dorms, castillos de naipes en Las Vegas, o floridas chancletas en Hawai. Para subrayar sus principales semejanzas (militancia demócrata y sonrisa carismática), nada mejor que leer “Superman Comes to the Supermarket”, serie de reportajes firmados en 1960 por Norman Mailer, intelectual furibundo y político frustrado que abandonó el cuadrilátero de una vida pendenciera en noviembre del pasado año. Ante este “instante de iluminación, intenso como un déjà vu”, confirmamos que -sobre el escenario, matices aparte- la percha de JFK puede ser reemplazada por la de BHO, aunque probablemente las iniciales de Barack jamás alcancen la desmedida popularidad que vienen disfrutando las de “Jack”. O me he perdido algún episodio del “sueño americano”, o todavía existe alguna diferencia entre llamarse “Fitzgerald” y ser llamado “Hussein”.
Naturalmente, la tarde en que Kennedy llegó a la convención desde el aeropuerto había una gran multitud en la calle junto al Biltmore, y lo mejor que se podía hacer para ver algo era subir a un balcón del segundo piso del hotel y contemplar el evento. Después de esperar unos treinta minutos, se oyó a la vuelta de la esquina el sonido de un claxon tan salvaje como las despedidas tras una boda italiana y quedó a la vista el cortejo de Kennedy, que circundó Pershing Square -los hombres de los descapotables abiertos que lo encabezaban iban sentados en sentido inverso para ver al líder- y por fin se detuvo en un espacio que la policía había despejado para él en medio de la multitud. Las cámaras de televisión estaban fuera y una banda tocaba música de circo. Se le pudo distinguir enseguida. Tenía el bronceado intenso de un instructor de esquí, y cuando sonrió a la gente, los dientes, de sorprendente blancura, resultaban claramente visibles a más de cincuenta metros. Por un momento saludó a Pershing Square y Pershing Square le devolvió el saludo; el príncipe y los mendigos de carisma se miraron a la cara a uno y otro lado de la calle y luego, con un movimiento rápido, Kennedy salió del coche y se dirigió deliberadamente hacia la multitud en lugar de avanzar por el pasillo que la policía había abierto hasta el hotel, de modo que entró rodeado de una muchedumbre, por lo que se podía esperar verlo en cualquier momento sobre los hombros de la multitud, como un matador al que llevan a la ciudad tras el triunfo en la plaza. Mientras, la banda no dejaba de tocar las melodías de la campaña, intercaladas con música de circo. Entonces hubo un instante de iluminación, intenso como un déjà vu, pues la escena que allí tenía lugar ya se había visto en una docena de comedias musicales: la escena en la que el héroe, el ídolo de la función, la estrella de la película, llega al palacio a pedir la mano de la princesa o, lo que es lo mismo, aunque más adecuado a nuestra tierra, el héroe del fútbol, el rey del campus, que llega a la casa del decano rodeado de una corte de estudiantes sonrientes para pedirle un beso de su hija y permiso para montar el gran espectáculo musical de esa noche.
Norman Mailer en Esquire, 1960
América, Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 67-68.
¿Lecle… qué?
- Le Clézio. Jean-Marie Gustave Le Clézio. Se llevó el Nobel del Buen Rollito.
- ¿Te refieres al Premio Nobel de la Paz?
- Caliente, caliente… sobre todo en el caso de Al Gore.
- No entiendo nada.
- Mejor. Te acabarán dando un premio por hacerte el sueco.
El canon Nobel
Una leyenda urbana sitúa en la feria del libro porteña un encuentro entre Borges y Videla. Se saludan. Les hacen fotos. Cambian algunas frases cordiales de apoyo a la Junta, como en el famoso almuerzo en Casa Rosada al que también asistió Sábato. Por fin, cuando el militar se va, el genio dice: “¿Sabrá que acaba de quitarme el Nobel otra vez?”. Por su docilidad con las dictaduras argentina y chilena, por su apego al orden, por la falta de interés en la inmediatez política de un escritor fascinado por las sagas nórdicas, la épica patagónica y los brillos de navaja en la pulpería, Borges jamás ganó el Nobel. Por más que lo mereciera su escritura ajena al molde del compromiso.
En los últimos años, la Academia sueca no sólo ha ido convirtiéndose en un remedo del hada madrina que calza el zapato de cristal a autores ignotos a los que se les pone cara de haber acertado en la Primitiva: la última ocurrencia en esnobismo consiste en eliminar por sistema a los escritores de consagración universal, como si el Nobel fuera ayuda humanitaria arrojada en paracaídas a quien la necesita, y no un premio concedido a quien lo merece. Además, los matices políticos que invalidaron a Borges se han adueñado del criterio hasta el punto de que lo literario cuenta menos que la farragosa acumulación de tópicos políticamente correctos. Acaso sea por eso que tampoco este año lo habrá ganado Vargas Llosa, quien jamás tendió la mano a un dictador, pero viene condenándose con el éxito de su literatura y con un discurso liberal que le impide presentar en Estocolmo el certificado de la estancia temporal en la selva Lacandona. O, al menos, una “sensibilidad ecologista” y una pasión por la “denuncia social” y las “culturas amerindias” -y hasta una esposa saharaui: sólo eso son 10 votos-, poderes aliterarios con los que nos ha sido justificado este Le Clézio que nos tiene a todos buscando reseñas en el Google para poder decir que ya le teníamos leído.
A efectos de prestigio literario, el Nobel tiene la importancia que cada uno le quiera dar. Pero, carajo, ya que hay que darlo, que sea a alguien del calibre de Roth o Vargas Llosa. El peruano ya habrá comprendido que no basta con escribir bien. Que además hay que ajustarse al canon político y, si es posible, porque da puntos, vivir en una indigencia exótica. Durante el próximo año, que visite al subcomandante Marcos con cananas y todo. Que lleve poncho. Que se pase por La Habana a dar fe de la admirable energía revolucionaria de Fidel. Que publique un par de ensayos sobre el valor redentor de Al-Qaeda y la insurgencia iraquí. Que se cague en las injusticias de la globalización. Que lleve siempre encima un juego completo de pegatinas para la solapa. Y que con las fotos de todos esos viajes se haga un álbum remitido a la Academia sueca en vísperas de la votación.
David Gistau en El Mundo, 10 de octubre de 2008
Se acerca el 9 de noviembre
Habrá quien piense que estoy desorientado, que lo único que se acerca es el 4 de noviembre, fecha en que se decidirá si un candidato negro llega a la Casa Blanca. El “homo viator”, de naturaleza olvidadiza, tiende a perder la perspectiva, y además los relojes vuelan en los tiempos que corren. El día noveno del mes siguiente no le dice casi nada a casi nadie. Para subrayar la importancia de esa efeméride, le quito el polvo a un artículo firmado hace un año por Timothy Garton Ash, híbrido extraordinario entre el scholar subido a una nube y el periodista pegado al terreno, pues ha pasado mucho tiempo en campus de ensueño y en escenarios de pesadilla. También es una figura mediática (adjetivo que se ha impuesto a pesar de los dardos que le lanzaba Lázaro Carreter), y por eso divulga en “román paladino”, ahorrándose los tecnicismos. Al abordar con cierta sorna la posibilidad de componer un himno internacional, concluye con esta frase: “Cuando nos invadan los marcianos, el mundo obtendrá su marsellesa”. Al opinar sobre el Kremlin, afirma de un modo muy gráfico: “La diferencia entre una democracia y una democracia soberana es la misma que entre una camisa y una camisa de fuerza”.
Por cierto, ¿conocen los diez consejos que la edición española de Foreign Policy da a sus potenciales colaboradores? Destaco los más enjundiosos:
- No diga obviedades. Recibimos muchos textos con títulos como “La OTAN en la encrucijada” o “El futuro de las relaciones transatlánticas”. No publicamos casi ninguno de ellos.
- Conecte los puntos. La revista se centra en por qué lo que sucede “allí” significa “aquí”, y viceversa. Si su pieza sobre Nagorno-Karabaj no va a ser relevante o leída con atención por alguien de, por ejemplo, Tudela o Cochabamba, no se moleste en enviárnosla.
- No mande ningún texto que comience: “Desde el final de la guerra fría…” o, “Tras el 11-S …”. Por favor, no.
El ejemplo del muro sigue vivo
Acuérdense, acuérdense del 9 de noviembre. ¿Pero quién es capaz de hacerlo? Si no hubieran visto el encabezamiento de esta columna, ¿habrían sabido, sin dudarlo, que estoy hablando de cuando cayó el muro de Berlín, hace 18 años? Las fechas envejecen más deprisa que nosotros, dijo el poeta Robert Lowell, y la mayor parte del tiempo es verdad.
Para una generación anterior de ciudadanos de Europa central, el 9 de noviembre significaba la Reichskristallnacht, la noche de los cristales rotos de 1938, cuando los matones nazis dejaron las calles de Berlín regadas con los cristales machacados de los escaparates de establecimientos judíos. Para aquéllos todavía de más edad, era el intento fallido de golpe de Hitler el 8 y 9 de noviembre de 1923. Cada 9 de noviembre sustituye al anterior. Tal vez dentro de unos años -Dios no lo quiera-, un 9 de noviembre haya un atentado terrorista en Berlín (esperemos que frustrado) y los alemanes tengan que decidir si lo llaman el 9 del 11, a la europea, o el 11/9, como en Estados Unidos.
Esta semana pasé una tarde, junto con un viejo amigo de Alemania del Este, enseñándole a mi hijo pequeño, que tenía tres años en 1989, los sitios en los que antes estaba el muro. No queda casi nada: unos cuantos trozos de cemento y arena barrida (la “franja de la muerte” en la que disparaban a los que trataban de escaparse de la parte oriental), fotografías de museo de imagen granulada y un monumento sobrio y oxidado. Hay más vida en las ruinas de Persépolis. Para quienes estuvimos allí, la experiencia -tanto el largo encarcelamiento de nuestros amigos como el mágico instante de la liberación- es inolvidable, se nos quedó grabada en la memoria y transformó nuestras vidas; sin embargo, para explicárselo a alguien que no lo vivió, es preciso un esfuerzo de evocación digno de un novelista. “Para sentir lo que fue” (Fuehlen, wie es war), dice, en un periódico local, el pie de una foto que muestra a unos niños estirando los dedos para tocar una reproducción del muro, de plástico multicolor e iluminada por dentro, erigida por un artista coreano frente a la Puerta de Brandenburgo. Habría que decir más bien: lo que no fue.
Este distanciamiento no se debe exclusivamente a la edad o a la lejanía física. Mientras cenábamos le pregunté al hijo mayor de mi viejo amigo alemán, que en el verano de 1989 tenía 21 años y huyó de Hungría a Austria a través del telón de acero perforado, y que hoy es sacerdote en Berlín Oeste, qué dirían sus feligreses si este domingo dedicara su sermón a hablar de su experiencia. No mucho, contestó. La congregación de Berlín Oeste seguramente pensaría: ya está éste otra vez dándonos la lata con sus recuerdos orientales. Como los hijos, aburridos, cuando el padre empieza a contar por enésima vez sus historias como soldado en Vietnam o en la II Guerra Mundial.
Pero imaginemos el caso de una joven nacida en la mañana del 9 de noviembre de 1989 aquí, en Berlín Este, desde donde escribo este artículo, y que, por tanto, ha cumplido 18 años este viernes. ¿Cómo celebraría su mayoría de edad, qué pensaría? “Igual que alguien en España o Gran Bretaña”, dicen mis amigos. Probablemente, España es una comparación más apropiada. Esa persona puede tener, desde luego, la sensación general de que hay cierto pasado oscuro y siniestro que sucedió antes de que naciera, como lo que podría ser la sombra de la dictadura de Franco para una joven madrileña; pero la importancia que tiene ese hecho en su vida, hoy, es marginal.
¿Cómo es posible, entonces, que este acontecimiento tan trascendental, que según muchos historiadores representa el final del “siglo XX corto”, se haya borrado con tanta rapidez de la memoria vivida? Tal vez porque, a diferencia del 4 de julio, por ejemplo, no fue el inicio de algo que todavía está con nosotros (Estados Unidos). Más que un gran comienzo, fue un final grandioso.
A la mañana siguiente, el aire estaba cargado de preguntas. ¿Podía (y debía) unirse Alemania de forma pacífica? ¿Podía (y debía) el comunismo, que había abolido prácticamente toda la propiedad privada, mutilado el imperio de la ley y suplantado la democracia con la “dictadura del proletariado”, volver a transformarse en capitalismo? Como decía un chiste de la época: sabemos que es posible convertir un acuario en sopa de pescado, pero ¿es posible convertir la sopa de pescado en un acuario? Dieciocho años después, estas preguntas han encontrado respuesta. Sí, es posible. Cuando me dirigía en coche al centro de Berlín vi una tienda de estilo hippy y alternativo que tenía en la puerta una parodia de los famosos letreros del Berlín de la guerra fría, en los que se leía: “Está saliendo del sector americano” (es decir, de Berlín Oeste, para entrar en el sector soviético, es decir, Berlín Este). El letrero de broma decía: “Está dejando el sector capitalista”. Salvo que no es verdad. Incluso en medio del incienso y las cuentas que llenan esa tienda alternativa, el capitalismo está floreciente.
La prueba definitiva del triunfo del capitalismo se ve en un impresionante anuncio a todo color aparecido en las páginas de The Economist y The Financial Times en las últimas semanas. Muestra a Mijaíl Gorbachov, con aire pensativo, sentado en la parte posterior de un coche; a través del cristal puede verse uno de los pocos fragmentos del muro de Berlín que aún subsisten. Junto a él se ve una bolsa de cuero de Louis Vuitton, el fabricante cuyos artículos de lujo anuncia hoy este personaje histórico y protagonista de nuestra época. Dieciocho años después, ése me parece un símbolo perfecto de los tiempos en los que vivimos.
¿Qué queda, pues, de aquella increíble noche de noviembre, cuando el pueblo creó su propia historia bailando a través del muro? Was bleibt?, preguntaba con pesar la novelista de Alemania del Este Christa Wolf. Creo que, aparte de esos recuerdos que se desvanecen, hay por lo menos una cosa que aún tiene futuro. La caída del muro es quizá la imagen más famosa del triunfo de lo que se llama “resistencia civil”, es decir, la acción popular no violenta. Siguió a manifestaciones masivas y pacíficas en Leipzig y otras ciudades de Alemania del Este. Como me dijo entonces un obrero germano oriental: “Ve, esto demuestra que Lenin se equivocó. Lenin dijo que una revolución sólo podía triunfar si recurría a la violencia, pero ésta ha sido una revolución pacífica”.
La revolución de las velas de Alemania del Este, como la llamaron algunos, tuvo antecedentes, desde las campañas no violentas de Gandhi y Martin Luther King hasta el movimiento de Solidaridad en Polonia. También ha tenido numerosos sucesores, como la revolución de terciopelo en Praga, sólo unos días después, y luego Suráfrica, Eslovaquia, Serbia, Ucrania, en tiempos más recientes; las protestas encabezadas por los monjes budistas en Birmania (denominadas, con demasiada precipitación, revolución azafrán), y, en los últimos días, las de los abogados trajeados en Pakistán. (No tardaremos en ver algún lema de la revolución de los abogados, si es que algún periodista no lo ha utilizado ya).
Estoy participando en un proyecto de investigación fascinante, dirigido por mi colega de Oxford Adam Roberts, en el que estamos examinando muchos de estos ejemplos de resistencia civil para tratar de averiguar por qué algunos han triunfado y otros han fracasado. El valor, la imaginación y la organización de las protestas pacíficas no bastan si a eso no se añade la presencia, la benevolencia y la voluntad de otros elementos de poder (el ejército y la policía, una potencia colonial, los Estados vecinos, los medios de comunicación internacionales, las fuerzas económicas). Hace falta tener a un Gorbachov, a un Helmut Kohl, unas cámaras de la televisión occidental y, por supuesto, unos dirigentes dispuestos a rendirse sin un solo tiro disparado con ira; pero también son necesarios los ciudadanos en las calles, con sus velas, sus pancartas, sus lemas imaginativos y la fuerza de los números. Sin ellos no hay revolución. Con ellos es posible cambiar el rumbo de la historia, incluso frente a una superpotencia nuclear. La fecha pueda difuminarse, pero el ejemplo sigue vivo.
Timothy Garton Ash en El País, 11 de noviembre de 2007
El título es lo de menos
No es que sepa latín, como “el Séneca” ideado por Pemán, sino que podría codearse con el mismísimo Lucius Annaeus Seneca, tan andaluz y tan sabio como él. Salvando las distancias de sus muy distintas circunstancias, sus yoes conversarían en pie de igualdad. De tú a tú. De consejero del césar a preceptor del príncipe Juan Carlos. De senador romano a presidente del Senado en la legislatura constituyente de esta Hispania nuestra. Antonio Fontán, que ayer cumplió 85 y atesora una senectud ciceroniana, es un ejemplo viviente de fecunda dedicación al bien común. El siguiente artículo condensa sus tres principales facetas: homo politicus; catedrático de Filología Clásica; periodista en la trinchera de la libertad. Hace poco le nombraron marqués de Guadalcanal (Sevilla), pero -a estas alturas, después de lo que ha llovido- ese título es lo de menos.
El español: doctrina, filosofía política, emblema
“La lengua latina es eterna tesorera de la sabiduría, la francesa
erudita, la italiana elocuente y la española, universal
como su imperio”.
Baltasar Gracián, El criticón, i-iv
La importancia del español como lengua en la vida política y social del Imperio se vio reflejada con especial intensidad en un momento concreto del siglo XVI. Carlos V había venido por primera vez a España en 1517 para ocupar el trono, pero sin conocer la lengua y como quien llega a un país extranjero. Al cabo de casi diecinueve años, de los que había pasado más de la mitad fuera de la península, el 17 de abril de 1536, lunes de Pascua, Carlos proclamaba delante del Papa y de toda Europa que España era su patria, el español su lengua y sus principales lealtades políticas las que le unían a los españoles, “los mejores vasallos que podía tener ningún rey” en este mundo. “Mi lengua española es tan noble -concluyó- que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana”.
El emperador había aprendido el español como segunda lengua, la leía y la practicaba con casticismos y recurriendo ocasionalmente a una gramática. Las segundas o terceras lenguas no se aprenden sólo con el uso, requieren además estudio. No sabemos quiénes, pero Carlos tuvo profesores de idiomas: quizá fuera su orador en las primeras Cortes, el obispo Mota, o su admirado Antonio de Guevara, quienes le enseñaron el español.
Aquel domingo de Resurrección, 16 de abril de 1536, Carlos V, revestido con todas las galas de su rango imperial, estuvo presente en la misa papal. Al día siguiente tuvo lugar el episodio político-lingüístico en la regia sala dei paramenti, donde Carlos pronunció el famoso discurso en que desafiaba al rey de Francia a un duelo personal para ahorrar guerras y sufrimientos a sus pueblos y denunciaba los quebrantamientos de sus compromisos por parte de Francisco, así como la deslealtad a la cristiandad que representaban sus acuerdos con los turcos.
Del discurso imperial, y de todo el episodio, se conservan no pocas transcripciones, notas y extractos, así como relaciones más o menos circunstanciadas, en español, latín, francés e italiano, publicadas en diversas ocasiones y lugares. Lo que aquí y ahora importa destacar es que todos los testimonios de la escena o del discurso convienen en que éste fue dicho en español, que Carlos no lo llevaba escrito, que lo había preparado él mismo (sus ministros Cobos y Granvela se declararon sorprendidos del contenido y del tono de las palabras del emperador), que se expresó con gran espontaneidad y que no se dejó cortar por los gestos y palabras con que el Papa quiso poner fin a la escena y calmar el enojo imperial.
La extensión y el prestigio del español comenzaba a hacerse patente. Por los años treinta del siglo XVI, el español era una lengua muy extendida en toda Italia, no sólo en los reinos y territorios sometidos a la Corona de España, o estrechamente vinculados a ella, que entonces se extendían por casi toda la península apenina. Juan de Valdés, que escribió el Diálogo de la lengua en Nápoles por el mismo tiempo del discurso del emperador, afirma que “ya en Italia, assi entre damas como entre cavalleros se tiene por gentileza y galanía saber hablar castellano”. También era una lengua muy conocida en Francia. La mayor parte de las personalidades presentes en el acto romano la entendían bastante bien.
Pero esa no era la razón de que la utilizara Carlos en su discurso. La lengua española en tan solemnes e irrepetibles circunstancias tenía una significación política que concuerda con otras decisiones imperiales de aquellos años y con ciertos usos recientes del gobierno hispano, que cada vez empleaba más el castellano en vez del latín, incluso para las relaciones exteriores.
(…)
El señor de Brantôme (1540-1614) ofrece en castellano las palabras supuestamente exactas con que Carlos V habría replicado al obispo de Macon, embajador de Francia en la corte pontificia, cuando le pidió que no hablara en español sino en otra lengua más inteligible para todos. “Señor obispo -dijo entonces-, entiéndame si quiere; y no espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la qual es tan noble que merece ser sabida y entendida de toda la gente cristiana”.
En la escena vaticana revisten especial importancia varios hechos. Primero, que el discurso imperial fue largo (hora y media he leído en algún sitio) y elocuente, según reconocen generalmente los cronistas, y que como ya se ha dicho fue pronunciado con naturalidad y con vehemencia. Que fue un discurso muy personal, inesperado para Cobos y Granvela, y que Carlos se reveló como un notable orador en lengua castellana. Algunas expresiones caballerescas sugieren un cierto conocimiento de las novelas de este género. Por ejemplo, cuando invita o reta al rey francés a “se conducir conmigo en campo de su persona a la mía y conducirme con él armado o desarmado en camisa, con una spada y un puñal, en tierra o en mar, o en una puente o en isla, o en campo cerrado o delante de nuestros exercitos o do quiera que él querrá y justo sea”. La hispanización del emperador era un hecho.
En segundo lugar, es de destacar la afirmación de la nobleza de la lengua y la pretensión de que sea instalada y reconocida como lengua general de la cristiandad. Porque, según Brantôme, el emperador acudió a emplearla, quizá por baladronada -rodomontade-, pero con las razones que se acaban de resumir y no porque se pareciera al italiano, que era más conocido de las gentes del Pontífice, como dice el estudioso Paulo Jovio. Finalmente, llama la atención el nombre que Carlos dio a la lengua. Casi todos los testimonios son unánimes en que insistió en que hablaba en “español”.
(…)
El castellano en otras regiones o naciones
Pero el castellano o español es, además, lengua natural y no impuesta o añadida en las regiones de la península que poseen idioma propio con características de lengua de cultura. Así ocurre en las que recuperaron su literatura en el siglo XIX, como el catalán y el gallego, y en las que la construyen ex novo en el XX, como el euskera en sus diversas variedades dialectales. La cultura literaria castellana de los autores de unas y otras suele transparentarse en sus escritos, y no son pocos los que escriben libros, poemas o artículos de prensa en su lengua y en la común de España.
La lengua española, en suma, constituye la mayor riqueza de nuestra nación. En esta tierra, que en tan gran medida se nos aparece dura, escueta, seca y en no pocos lugares y ocasiones hostil, la lengua es un recurso natural, una fuente de riqueza y un activo intangible, obra de la Historia. Hasta en el orden económico podría compensar a la nación de los bienes que le negó la Naturaleza, si algún día, y en serio, los gobiernos emprenden una verdadera política de fomento y promoción del español, y la sociedad se apercibe del imponente valor que tiene entre las manos.
Las políticas que han de ser diseñadas, y ejecutadas después, corresponden a los ámbitos de la educación, de la cultura -y de la tecnología- y de la acción exterior. El primer y principal contenido de la educación ha de ser la lengua. Su aprendizaje, utilización y correcto empleo han de llevarse la parte del león en los grados básicos de las diversas enseñanzas. Por eso, entre otras razones, no por corporativismo de clasicistas, las gentes de mi gremio queremos salvar a toda costa el latín en los estudios medios. El latín es la base histórica y por así decir la previa encarnación de nuestra propia lengua. Virgilio es tan nuestro como Berceo y Garcilaso. Y si, como no dejan de querer algunos, se saca de los estudios también a Garcilaso, a Cervantes y a Lope, se convertirá a los españoles en una inmensa legión de mudos, además de ágrafos.
Una política cultural de conservación y fomento de los valores del español ha de traducirse en el respeto a nuestra lengua por la Administración, y muy señaladamente por parte de los medios de comunicación escritos y audiovisuales. Se ha de promover la ordenada creación y difusión de un instrumental léxico y tecnológico que permita que la internacionalización de la vida, de la ciencia y de sus aplicaciones, de la cultura, de los deportes, del ocio, etc. se haga sin detrimento de nuestra lengua. Nada más lejos de ello que los pruritos casticistas y los intentos de normalizaciones antinaturales y al final ridículas. Como dignos y orgullosos herederos de la tradición de los latinos, los hispanos habrían de tener respecto del inglés, en que nos suelen venir envueltas tecnologías y ciencias (porque siempre fue la lengua compañera del imperio), el mismo comportamiento que los romanos con el griego, con el que les pasaba igual. Unas veces traducían, otras practicaban el calco semántico, otras latinizaban y acababa resolviendo la gente, es decir el “uso” (quem penes arbitrium est et ius et norma loquendi, como escribió Horacio) que en países cultos generalmente se inspira en los buenos escritores.
En cuanto a la política exterior, España debe proponer en la comunidad hispanoamericana de naciones como un deber de todos -y como una necesidad política-, la acción conjunta en el fomento y la promoción de este tesoro histórico. Hasta el siglo XVI fue propiedad y responsabilidad exclusiva de la Hispania europea. Pero desde el XIX, es tarea común de las naciones y de los pueblos que comparten el honor de proclamar como suya la lengua española.
Antonio Fontán en Nueva Revista, marzo-abril de 2001
1. Dejar que su ratón le dé un mordisco a este enlace, que le conducirá al artículo completo: http://www.nuevarevista.net/2001/marzo/nr_articulo74_2.htm
2. Leer “Príncipes y humanistas”, joya engastada en plata que acaba de ver la luz. Todavía no he llegado a la última página, pero estoy seguro -gracias a mis sólidos prejuicios- de que me va a encantar, pues Antonio Fontán es un príncipe entre los humanistas europeos. Muy recomendable para quienes aborrezcan esos “cienes y cienes” de libros publicados tras un fin de semana de diarrea googleante.
3. Devorar “Pan de higo”, postre preparado por Fernando Aramburu, vasco de letras tomar.
Pan de higo
Nadie está libre de sueños estrambóticos. Hace poco tuve uno que me amargó la noche. Soñé que vivía en un país formado de petachos territoriales mal cosidos. Yo era un niño en edad escolar. Una mañana, a la entrada del colegio, oí decir que en adelante las clases no seguirían dándose en mi lengua materna, la común de todos los habitantes del mencionado país, sino en una lengua de la zona por la que yo sentía gran estima, en parte debido a que hasta entonces nadie había intentado imponérmela. A mi lengua materna, la de uso más difundido en mi ciudad natal, se le dedicarían dos horas lectivas por semana conforme a su nuevo rango de asignatura menor. Así lo había determinado la autoridad educativa de la región, dirigida por cierto miembro de un partido político minúsculo. Pregunté si aquel dictamen era bueno para los niños. Me hablaron de identidad nacional, de salvación de no sé qué, del sacrificio habitual del individuo en favor de la utopía. Me desperté sobresaltado, cubierto de sudor; pero luego me tranquilicé pensando que en España jamás se cometería una atrocidad pedagógica semejante. ¿O sí?
Fernando Aramburu en El Cultural, 25 de septiembre de 2008
Los periodistas son unos cuentistas
Suena despectivo, como si el periodismo fuera un camelo, pero tras el papel se esconde un caramelo.
La educación sentimental de un periodista
La luz es muy tenue pero estoy viendo a mi madre. En la cocina no hay lámpara. Una bombilla cuelga pelada, como un fruto paso y fosforescente. Vuelvo de buscar las zapatillas de mi padre debajo de la cama matrimonial. Una noche de invierno. El viento del norte aúlla en el tejado de uralita. El agua de la lluvia gorgotea en las junturas, como el mar en los trancaniles de un barco. Mi padre es albañil. Ha llegado empapado de la intemperie del trabajo. En el suelo, los zapatones parecen dos extraños seres exhaustos, escurriendo el lodo de una vida perra.
Mi madre me mira con un destello húmedo y, de repente, me dice: “Cuando seas mayor, busca un trabajo donde no te mojes”.
Pensé que el de escritor podía ser uno de esos trabajos. Por supuesto, me equivoqué. El destino de mi linaje es mojarse.
Digo escritor y no periodista a sabiendas. Para mí siempre fueron el mismo oficio. El periodista es un escritor. Trabaja con palabras. Busca comunicar una historia y lo hace con una voluntad de estilo. La realidad y parte de mis colegas se empeñan en desmentirme. Pero sigo creyendo lo mismo.
De mi primera experiencia “periodística” salí ya muy mojado. Fue en el instituto de Monelos, en un barrio de Coruña. (…) Conseguimos autorización para una revista a ciclostil. Cuando el primer número cayó en manos de la dirección, la prohibieron de inmediato. Para protegernos, insinuó el director: “Hay verdades que no se pueden decir”. Fue una lección inolvidable. De ahí en adelante supimos que había que optar entre el rey poder y la reina libertad. Decidimos hacernos clandestinos.
(…)
Otra escena. En la facultad de Ciencias de la Información de Madrid. Presento un ejercicio. El profesor me regaña: “Esto no es periodismo, ¡esto es literatura!”. Otra lección invertida. Yo ya sabía que tenía razón. Que nunca, nunca, le haría caso.
Hay un gran equívoco. Un problema de ignorancia. Periodistas que confunden la literatura con el retoricismo, escritores, literatos, que confunden el periodismo con la banalidad y que, como Kierkegaard, se apuntarían los primeros a un pelotón de fusilamiento para quitar del medio a los chicos de la prensa.
Lo que nunca olvidaremos de los periódicos, o de la radio y la televisión, es lo que tienen de literatura. Un empresario de la comunicación decía cínicamente que un periódico es un anuncio rodeado de noticias. Pero un pie de foto, como los que escribía Álvaro Cunqueiro en el Faro de Vigo, puede llegar a justificar una tirada. Al fin y al cabo, uno de los placeres de la civilización contemporánea es el que anticipaba el señor Bloom en el Ulises de Joyce. La huida al retrete con el periódico bajo el brazo.
Al escritor que es periodista se le supone una tumultuosa querella interna, como si trabajara con partes distintas del cerebro para escribir un reportaje o un cuento. Se supone también con frecuencia que la disposición mental es distinta cuando uno afronta una novela, una obra de arte, o un relato periodístico, que vendría a ser una artesanía menor. Me han preguntado muchas veces cómo llevo esa esquizofrenia. No tengo conciencia de esa fractura y por lo tanto me merezco el desprecio de algunos críticos y escritores puros que me sitúan en el purgatorio de la literatura. Vivo cualquier suceso con la perplejidad de un extraterrestre. Creo que el hecho más irrelevante puede esconder una piedra de toque, el comienzo de un asunto interesante. Prefiero seguir a un campesino en burro que a la comitiva motorizada de Manuel Fraga, pero si es Fraga quien va en burro procuraré estar a la altura de las circunstancias.
¿Y qué hay de la diferencia entre ficción y realidad? Esto no es un tratado, así que no me voy a poner pelma. El periodismo tiene unas exigencias, a las que no está sometida la literatura. Los protagonistas de una noticia deben figurar en el registro civil. En un relato literario, no. Pero, ¿son por ello menos reales Don Quijote o Emma Bovary? El hombre ha llegado a la luna, pero un escritor llegó antes sin moverse de su buhardilla en París. Exigencias de comprobación aparte, la historia del periodismo está llena de mentiras que a veces duran cuarenta años.
Cuando tienen valor, el periodismo y la literatura sirven para el descubrimiento de la otra verdad, del lado oculto, a partir del hilo de un suceso. Para el escritor periodista o el periodista escritor, la imaginación y la voluntad de estilo son las alas que dan vuelo a ese valor. Sea un titular que es un poema, un reportaje que es un cuento, o una columna que es un fulgurante ensayo filosófico. Ése es el futuro. Paradójicamente, muchos “profesores” siguen cortando alas, matando el escritor que debe anidar en cada periodista. La literatura, la metáfora, la mirada personal, es hermana de la precisión, como la verdad histórica es hermana de una cámara como la de Walker Evans o Sebastião Salgado. Por eso es inolvidable la literatura periodística de gentes tan dispares como John Reed, Gunter Walraff, Hunter S. Thompson, Corpus Barga, Manu Leguineche o Alfonso Armada.
Creo, como García Márquez, que éste es el oficio más hermoso del mundo. También, con el maestro Luis Pita, sabio y escéptico en su exilio, que el periodismo es un asco, donde abundan mercenarios que no creen en su oficio ni en el valor de la palabra. Los dos tienen razón. Que la diosa libertad me proteja para no traicionarlos.
(…)
De las preguntas clásicas a las que debe dar respuesta un trabajo periodístico, hay una, por qué, que se mantiene como una obsesión desde los tiempos de la educación sentimental. Quizá es esa perplejidad ante el mundo y la búsqueda de los porqués el verdadero nexo entre literatura y periodismo.
Manuel Rivas
El periodismo es un cuento, Alfaguara, Madrid, 1997, pp. 19-24.
Newman Blues
Desde que el fulgor azul de su mirada hizo mutis por el foro celeste, han llovido ríos de tinta panegírica sobre nuestros ojos de barro. Un piropeo merecidísimo, a mi modo de ver, aunque algunos sostienen que no fue un gran actor sino solo una hermosa anatomía (son los mismos que a Michael Jordan, dada su abusiva estatura, le consideran un baloncestista del montón…). Como el “dulce pájaro de juventud” llegó a volar muy alto, he disfrutado leyendo medio centenar de elegías (tantas como los huevos duros engullidos por el indomable Luke Jackson), y les invito a degustar una de las mejores. No es “la mejor” porque los escritores no participan en el Tour de Francia, como ya sentenció Umbral. Aunque el componente mitómano de su cinefilia pese demasiado, Juan Manuel de Prada demuestra muy buen gusto al poner sobre el tapete esa sórdida y redonda carambola de billar que es “El buscavidas”. Esa elección, y su énfasis en la admirable elegancia con que Newman se fue convirtiendo en Oldman, han resultado decisivos para ganar este concurso de belleza periodística. Si se extinguiesen los bisturíes de Hollywood, ¿entonarían ustedes un “blues”?
Paul Newman
Recibí un mensaje en el móvil: “Ha muerto Paul Newman”; y pensé: “Ya nunca más veré a una estrella de cine envejecer con tanta dignidad ante las cámaras”. Paul Newman fue el último actor que no dejó que el bisturí profanase su rostro, el último que mostró sin rubor el avance minucioso de las arrugas sobre su piel sin infiltrarla de bótox, el último que encaneció y dejó que ralease su cabello sin emboscarse de ignominiosos trasplantes o lociones capilares. Era hermoso como un dios, tan hermoso que casi dolía mantener la vista clavada en la pantalla mientras sus facciones la ocupaban: fue hermoso como una primicia en la juventud, hermoso como un fruto en sazón en la soberbia madurez, hermoso como un lento crepúsculo en la senectud. En la última etapa de su carrera, lo hemos visto aparecer en papeles secundarios junto a actores a los que sacaba treinta o cuarenta años, y la impresión era siempre la misma: aquellos tipos nos parecían borrosos gurruños de carne, comparados con la serena majestad de aquel rostro excavado por la edad, en el que aún brillaban unos ojos de un azul purísimo que guardaban dentro de sí el helado fuego de la nieve, en el que aún la calavera sostenía unas facciones que el tiempo no había hecho sino ennoblecer. Nadie supo envejecer con tan sosegada nobleza, con tan aquietada conformidad. No sabemos si le dolía la cara de ser tan guapo; sabemos, en cambio, que no le dolieron prendas en acatar el veredicto final de la muerte, cuando el cáncer le clavó su dentallada en los pulmones. Era divino, y lo seguirá siendo en la memoria de los millones de mujeres de generaciones sucesivas que se enamoraron de él; lo seguirá siendo en la memoria de los millones de hombres de generaciones sucesivas que hubiésemos querido mirar con aquella mezcla de dolor agazapado, orgullosa ironía y atribulada nostalgia que se avecindaba en sus pupilas.
Paul Newman se casó con Joanne Woodward, una magnífica actriz que tal vez no hubiese alcanzado el estrellato si él no le hubiese tributado su rendida y tenaz devoción. El común de los hombres famosos busca a las mujeres guapas para pavonearse ante las cámaras y exorcizar el invierno; Paul Newman buscó a una mujer que nadie hubiese calificado de guapa a primera vista, pero que lo acompañó en el invierno con esa discreta y fecunda forma de amor que no se exhibe ante las cámaras. En cierta ocasión le preguntaron a Paul Newman si había logrado guardar fidelidad a Joanne Woodward, entre la turbamulta de tentaciones que, previsiblemente, asediarían al hombre más hermoso de la tierra; y él respondió: “¿Para qué demonios voy a andar buscando hamburguesas cuando tengo un solomillo en casa?”. Tal vez porque había sido bendecido sin tasa por el don de la belleza física, que nuestra época ha encumbrado por encima de cualquier otro, Paul Newman podía permitirse el lujo o la sabiduría de inquirir otros dones que a la mayor parte de los humanos nos pasan inadvertidos. En Joanne Woodward, Newman encontró los dones secretos que hacen plena la vida de un hombre; y se dedicó a cultivarlos con absorta y tranquila felicidad. Siempre transmitió la impresión de ser alguien que había alcanzado esa suerte de beatitud que distingue a quienes logran, en su andadura por la tierra, una adecuación entre lo que hacen y lo que piensan; y juraría que Joanne Woodward fue la argamasa que permitió ese raro milagro.
En sus años mozos, su estrellato estuvo algo ensombrecido por el de Marlon Brando, un actor de formación pareja que tal vez tuviese el abismo y la abstrusa carnalidad que a Newman le faltaban; pero el paso de los años benefició a Newman, cuya estatura interpretativa no hizo sino agigantarse, mientras Brando se despeñaba por los andurriales de la excentricidad borrascosa y la decrepitud física. Si tuviese que elegir, entre el puñado de obras maestras que iluminó con su presencia, la que más ha alimentado mi fervor cinéfilo me quedaría sin duda alguna con “El buscavidas”, aquel películón de Robert Rossen en el que Paul Newman disputaba con Minnessota Fat una partida de billar que era una alegoría descarnada y feroz de la propia vida. Ha muerto el hombre más hermoso del mundo; pero su belleza nos seguirá doliendo, cada vez que sus facciones ocupen la pantalla, en la sala oscura de nuestra memoria.
Juan Manuel de Prada en ABC, 29 de septiembre de 2008
Sin hache y sin hacha
Fernando Savater esgrime como pocos las armas del lenguaje frente al maridaje de quienes matan y quienes “no matan pero dejan matar”. Por desgracia, más de uno amortaja a las víctimas con “lágrimas de cocodrilo”. Lágrimas cómplices del hacha y la serpiente. Esta semana se ha derramado la sangre inocente del brigada Luis Conde de la Cruz, que en paz descanse; como de costumbre, algunos fariseos han pringado la caja tonta con los “santos óleos” de la beatería proetarra. Recomiendo un artículo que, no siendo el más brillante del filósofo vasco, sí tiene una contundencia a prueba de bomba y de tiro en la nuca. Ocho años más tarde, duele constatar que ha cambiado parte del paisanaje (ciertos nombres, ciertas siglas), pero el paisaje sigue provocando náuseas. Como saben de sobra los hijos de la ESO (y de la “ESA”, Bibi, y de la “ESA”), la reiteración empleada al comienzo de cada frase (“es indecente que…”) se trata de una figura retórica denominada “anáfora”. Sin hache.
Indecencias
Es indecente que, tras cada atentado, los mismos que dicen que la violencia terrorista es inaceptable nos recuerden que sin embargo existe un conflicto político. Una de dos: o el conflicto justifica la violencia (tesis de los violentos) o el uso de la violencia es el verdadero conflicto vasco que hay que resolver (tesis de los demócratas). El equilibrismo entre lo uno y lo otro no es un número de “Cirque du Soleil”, sino un brindis al sol.
Es indecente que los mismos que protestan cuando hay “inoportunas” detenciones de terroristas, aprovechen la resaca de un atentado en Málaga para hablar de “ineficacia” y de “lagunas” en la actuación policial. Es aún más indecente que Arzalluz diga que no se ha conseguido nada en cinco años de aplicar la vía policial, olvidando mencionar que por lo visto tampoco se ha conseguido mucho más tras veinte de aplicar la vía política, gracias a la cual gobierna eternamente el Gobierno de Arzalluz. Y que conste que nadie sensato dice que la Ertzaintza sea de por sí ineficaz, sino que muchos decimos -apoyados en testimonios de los propios ertzainas- que compromisos políticos de sus mandos superiores no la dejan ser del todo eficaz.
Es indecente que Arnaldo Otegi, ese pacífico etarra en comisión de servicios, nos avise por un lado de que se nos viene encima mucha lucha armada, o sea terrorismo, que él no piensa condenar, y por otra parte presente a su partido como tan desvinculado de los crímenes como la madre Teresa de Calcuta. El reparto estratégico de papeles no le absuelve de la culpa política y moral de tantas atrocidades cometidas por unos con la cobertura política de otros. Es ya el colmo que encima de querer matarnos pretendan tomarnos por tontos. Por cierto, es indecente seguir llamando “lucha armada” al asesinato terrorista, como ya hace hasta el lehendakari: ¿contra quién luchaba el concejal del PP asesinado en Málaga o José Luis López de Lacalle cuando los tirotearon por la espalda?
Es indecente que EA haga melindres a la hora de romper con EH si no condena explícita e inequívocamente el terrorismo en los municipios conjuntamente gobernados por nacionalistas. Como son indecentes los alcaldes del PNV o EA en tales municipios que se hacen los remolones diciendo que ellos en su pueblo trabajan muy bien con los proetarras. Ya sabemos que ellos están muy a gusto: a los que amenazan y matan es a los demás. Seguro que el doctor Mengele también era buen médico a la hora de curar jaquecas, lo cual por cierto no le convierte en compañía recomendable para nadie.
Es indecente que al día siguiente del asesinato de Málaga el teleberri de ETB-2 dedicase más de la mitad de su tiempo a una aparición de Joseba Egíbar. ¿Por qué sacan a ese señor? ¿Es compañero de partido del concejal asesinado? ¿Tiene alguna responsabilidad en Interior? ¿Conoce mejor que los demás a quienes cometieron el crimen? ¿Por qué su opinión tiene que recibir veinte veces más atención que la de cualquier otro? Ya comprendemos que justificar lo injustificable y explicar lo inexplicable llevan mucho tiempo, pero aun así no se había visto una manipulación tan descarada en una televisión pública desde los tiempos de Franco.
Es indecente que se siga hablando incluso en instancias oficiales de los presos juzgados y condenados por terrorismo como personas sencillamente “privadas de libertad”, como si fueran turistas secuestrados cuando buscaban mariposas. Y es indecente que se exija su acercamiento a cárceles vascas, lo cual puede ser recomendable desde el punto de vista humano, como si se tratase del cumplimiento de una norma legal que no existe en ninguna parte. Por no hablar de la fundamental indecencia de beatificarles como mártires cuando en realidad se trata de verdugos despiadados, muchos de los cuales no sólo no dan muestras de arrepentimiento, sino que exhortan a otros para que continúen cometiendo crímenes iguales a los suyos.
Es indecente desautorizar la posible candidatura de Mayor Oreja en unas elecciones anticipadas en nombre de que ello polarizaría la sociedad y de que caeríamos en el extremismo. ¿De dónde sacan que Mayor Oreja es más extremista que Ibarretxe? Los extremos siniestros son ETA, aún vigente, y los GAL, felizmente desarticulados. Los demás son alternativas políticas lícitas, que naturalmente cuentan con partidarios y detractores. ¿Por qué mañana un votante del PNV si está gobernado por Mayor Oreja se va a encontrar más polarizado y socialmente enfrentado que hoy un votante del PP gobernado por Ibarretxe? Lo único democráticamente indecente es que los llamados demócratas vayan políticamente de la mano de los violentos y acepten sus propuestas como precio a la cancelación del terrorismo.
Es indecente que los ciudadanos sigan pensando que la culpa de todo la tienen los políticos, que no se ponen de acuerdo. A esos políticos los respaldan los votos de muchas personas que tienen que comprometerse de modo más activo que votando cuando toca y luego desentendiéndose de lo que ocurre. Quienes sostienen a los que hablan de marcos e instituciones políticas dictadas por el radicalismo disparatado de ETA, deslegitimando al Estatuto y a la Constitución, deben darse cuenta de que están fomentando en los bárbaros la impresión equivocada de que a fuerza de bombazos van por buen camino. Si lo que hacen los políticos no nos gusta a los ciudadanos, que en democracia también tenemos la obligación de ser políticos, es hora de cambiarles por otros. Para eso están las elecciones.
Es indecente que un demócrata diga que las elecciones no resuelven nada y que confíe más en mesas polivalentes o veladores de tres patas que en el Parlamento elegido por todos para representarnos.
Es indecente que haya tanto miedo a acabar de una vez con la complicidad que rodea a estas indecencias.
Fernando Savater en El Correo, Bilbao, 20 de julio de 2000
Perdonen las molestias, Suma de Letras, Madrid, 2001, pp. 295-99.
